| Actores en el congreso |
Luis Seco de Lucena
25/09/2026
El Congreso empieza a parecerse peligrosamente a uno de esos teatros donde los actores, desconfiando del texto, necesitan sacar objetos del bolsillo para que el público comprenda la función. Si la palabra no basta, aparece el atrezo. Una impresora, unas esposas, tres balas, un espray de pimienta. A este paso habrá que ampliar la tribuna para colocar una mesa de utilería.
Ana Vázquez enseñó un bote de gas pimienta durante su intervención para denunciar la situación de inseguridad que viven los ciudadanos en Ceuta. Francina Armengol acabó llamándola al orden y ordenándole abandonar el hemiciclo porque consideró que había exhibido un arma, conforme al Reglamento de la Cámara. El detalle curioso es que la presidenta no reaccionó inmediatamente. Pasaron varios minutos.
Y ahí comenzó la segunda función.
Armengol adoptó ese tono solemne que algunas autoridades reservan para los momentos en los que saben que las cámaras están encendidas. La escena adquirió de pronto dimensiones casi shakesperianas: la democracia estaba en peligro, la soberanía popular parecía tambalearse y sobre los escaños flotaba la gravedad de las grandes ocasiones. Todo por un bote que llevaba un rato formando parte del decorado sin que nadie pareciera haber advertido el inminente derrumbe del Estado.
La Presidencia podía aplicar el Reglamento. Esa es precisamente su función. Otra cosa es preguntarse si necesitaba tanta dramaturgia.
Porque el Congreso tiene memoria, aunque a veces padezca una curiosa amnesia selectiva.
En julio de 2022 Gabriel Rufián sacó tres proyectiles en la tribuna durante el debate sobre el estado de la nación. Los colocó ante sí para denunciar la actuación de la Gendarmería marroquí en Melilla. Pedro Sánchez se indignó y Meritxell Batet le recordó algo bastante sensato: la fuerza del parlamentarismo reside en la palabra. Rufián fue reprendido, pero no expulsado.
Cuatro años después, el espray terminó con Vázquez fuera del hemiciclo.
La comparación no demuestra por sí sola favoritismo, porque los episodios, las presidencias y las circunstancias no fueron idénticos. Pero sí deja una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿qué criterio debe seguir la Presidencia cuando los diputados convierten objetos potencialmente peligrosos en recursos retóricos?
Quizá el problema empiece mucho antes de Armengol, Vázquez o Rufián.
Se ha instalado en nuestra política la sospecha de que una frase necesita accesorios para hacerse escuchar. Como esos actores malos que, incapaces de transmitir dolor, gritan; incapaces de transmitir rabia, golpean la mesa; incapaces de emocionar, lloran mirando de reojo a la cámara.
Y el Parlamento no debería ser un casting.
Ni las balas hacen más verdadero un argumento ni un espray convierte una denuncia en más convincente. Tampoco una presidencia necesita transformar cada incidente en el tercer acto de una tragedia griega.
Un buen parlamentario debería llegar al Congreso armado únicamente con algo bastante más peligroso: una idea, una buena frase y la capacidad de defender ambas.
Se llama palabra. Y, por fortuna, todavía no está prohibida en el hemiciclo.
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