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domingo, 27 de septiembre de 2026

Mar salitre y gaviotas ​El pregón sofocado: cuando buscarse la vida vendiendo pescado no era un delito hasta que llegó la burocracia con ganas de cobrar. Por Joaquín Santana

Venta en la calle

 El pregón resonaba en la esquina antes de que despuntara del todo el sol. Con un caracol de mar llevado a los labios o a puro pulmón, el vendedor ambulante anunciaba la llegada del género fresco. No hacían falta grandes infraestructuras ni mostradores refrigerados de acero inoxidable: bastaba una barqueta de madera, una cesta de mimbre o una bicicleta apañada con dos cajones para recorrer los barrios y llevar el alimento directamente a la puerta de los vecinos.

Venta en la playa

 En aquellos tiempos, el contacto era directo y sin intermediarios. El marinero desembarcaba en la arena y allí mismo, a pie de playa, ofrecía las capturas de la jornada. El comprador elegía la pieza con la vista y el tacto, pagaba lo justo y se la llevaba a casa en un envoltorio de papel de periódico. La confianza y el sentido común sostenían un comercio tradicional que permitía a cualquiera "buscarse la vida" de forma honrada, utilizando únicamente el esfuerzo de sus brazos y la potencia de su voz.

Venta en el barrio

  Hoy en día, esa estampa ha desaparecido por completo del paisaje urbano y costero, relegada al olvido por un entramado de normativas y prohibiciones. Para muchos, la argumentación oficial de la seguridad alimentaria y la preservación de la cadena de frío esconde una realidad mucho más prosaica: el afán recaudatorio y la necesidad del Estado de fiscalizar hasta el último rincón de la actividad económica. Nadie recuerda que en aquellas décadas la gente enfermara o falleciera por comprar un jurel o una sardina expuestos en una acera; sin embargo, bajo el pretexto del control sanitario, se ha erradicado una forma de vida popular.

Buscándose la vida

                               

​La regulación progresiva ha terminado por politizar aspectos tan cotidianos como el sustento diario, ahogando la iniciativa individual en un mar de licencias, tasas e impuestos. Aquella venta ambulante y el trato directo en la playa no solo representaban un modelo económico accesible para quien no tenía recursos, sino también una forma de comunidad y libertad callejera que hoy, entre tanta burocracia, se echa profundamente de menos.












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