En rigor, y por pura lógica natural, un archipiélago volcánico carece de población autóctona. Y, puesto que las personas no crecen en un lugar como el musgo en la roca, es evidente que los primeros habitantes de Canarias debieron venir de alguna parte. De dónde procedían y cómo se produjo esa colonización humana de las Islas son preguntas que todavía aguardan una respuesta concreta. Por tanto, aquí sólo podemos ofrecer las hipótesis, a nuestro juicio complementarias, que la ciencia maneja al respecto.
La tierra adyacente


Un derrotero complicado
Otro problema, desde luego nada menor, estriba en las condiciones y los medios interpuestos para desplegar esos procesos de migración marítima. Los regímenes de vientos y mareas que actúan en el Archipiélago y la costa noroccidental africana presentan unas características que, en general, no facilitan la singladura hacia unas Islas que no se ven desde el Continente. Así, pensar que esas arribadas fueron producto de una navegación de fortuna tampoco parece muy pertinente, pues ni las antiguas embarcaciones de los amazighes costeros ni sus conocimientos náuticos o geográficos se corresponderían con la magnitud que exige una colonización de este tipo. Es una opción posible, claro, pero poco probable como acontecimiento principal, aunque hubiera causas climáticas o sociales que empujaran a pueblos continentales hacia una aventura tan arriesgada.
Deus ex mâchina
Bajo estos condicionantes, la investigación se inclina por creer que estas poblaciones fueron traídas. De hecho, la tradición de los canarios insulares acerca de su origen podría interpretarse en tal sentido. Según el informe que recoge el cronista real Andrés Bernáldez [(ca. 1495) 1993: 510-511]:
Fue preguntado a los ancianos de Gran Canaria si tenían alguna memoria de su nacimiento, o de quién los dexó allí, y respondieron:
–Nuestros antepassados nos dixeron, que Dios nos puso e dexó aquí e olvidónos; e dixéronnos, que por la vía de tal parte se nos abriría e mostraría un ojo o luz por donde viésemos.
–Nuestros antepassados nos dixeron, que Dios nos puso e dexó aquí e olvidónos; e dixéronnos, que por la vía de tal parte se nos abriría e mostraría un ojo o luz por donde viésemos.
Aun colocados en esta alternativa, tampoco se puede decir que hayamos terminado con las incertidumbres. A juzgar por ese fragmento de la memoria isleña, da la impresión que la inicitiva del proceso no estuvo en sus manos. Un agente distinto de ellos, que la mitología nativa eleva a la condición divina, habría patrocinado el traslado. Pero, ¿quién? ¿Y cómo podemos estar seguros de que los instigadores del viaje son realmente los mismos que lo practicaron?
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fuente :http://www.mundoguanche.com
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