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| Borregos escuchando al mentiroso |
Joaquín Santana
Artículo de opinión
Hay un sentimiento amargo que recorre las calles, una pesadez silenciosa pero constante que se instala en el pecho de cada ciudadano al encender los informativos o caminar por su propio barrio. Es la decepción. Una apatía profunda frente a una clase política que ha transformado la vocación de servicio público en un mero negocio de enriquecimiento personal y perpetuación en el poder.
Nos hemos acostumbrado a un ciclo grotesco y repetitivo. Cada cuatro años, el escenario se despeja y comienza la función. Llegan las campañas electorales y, con ellas, la repentina cercanía de quienes durante años han vivido encerrados en sus despachos. Son los días de los besos a los niños en las plazas, las palmadas en la espalda, las miradas empáticas hacia los ancianos y las promesas solemnes pronunciadas con el pecho henchido. Nos prometen la luna: sanidad de hierro, pensiones dignas, empleo, transparencia y un futuro próspero. Nos miran a los ojos y nos juran que esta vez será diferente.
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| Soborno a la orden del día |
Sin embargo, esta farsa no se limita a los grandes palacios ni a la política nacional; el engaño se replica con la misma exactitud a pie de calle, en el ámbito municipal. Las políticas locales, que deberían ser las más cercanas y humanas, no están en absoluto lejos de la deriva general. Los ayuntamientos trabajan bajo el mismo diseño: promesas de barrios limpios, infraestructuras, ayuda al comercio local y cercanía con el vecino que se esfuman al día siguiente de las elecciones. Al final, en el municipio se repite el mismo libreto de favores, maquillaje urbano y oídos sordos a las demandas reales de la gente.
Pero cae el telón del día de las votaciones, se cuentan los sobres y la escenografía se desmonta. Lo que queda tras el confeti es la cruda realidad: la promesa era solo el cebo; la verdad, un estorbo. Nos descubrimos, una vez más, con la amarga certeza de haber sido simples marionetas en una función que nunca se escribió para nosotros.
Resulta hiriente para la ciudadanía madrugar cada día, trabajar duro y ver cómo una parte sustancial de su esfuerzo se evapora en tributos nacionales y tasas municipales. Pagar impuestos debería ser el pacto social definitivo para garantizar el bienestar colectivo, pero hoy en día duele. Duele porque el ciudadano siente que su dinero no regresa en mejores servicios ni en soluciones locales, sino que financia los sueldos, las prebendas y los desmanes de quienes se asumen nuestros amos cuando solo deberían ser nuestros empleados. Cobran de nuestro bolsillo mientras nos mantienen a su merced.
La política actual, desde el concejal de barrio hasta el ministro, se ha vuelto experta en el arte de faltar a la verdad sin pestañear, en retorcer el lenguaje y en justificar lo injustificable. Sin embargo, la fe no se destruye de la noche a la mañana; se erosiona gota a gota con cada incumplimiento, con cada titular de corrupción y con cada mentira descarada.
Hoy, la creencia en la política está más lejana que nunca. La distancia entre los despachos y la calle es un abismo que ya no se puede tapar con discursos vacíos. La ciudadanía no solo está desilusionada, : está cansada de alimentar un sistema —desde el ayuntamiento hasta el gobierno central— que consume sus recursos mientras ignora su dignidad.

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