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lunes, 14 de septiembre de 2026

El camino a la autodestrucción

 




Luis Seco de Lucena

14/09/2026

Artículo de opinión

Las sociedades rara vez se suicidan de golpe. No se levantan una mañana, se miran al espejo y deciden arrojar por la ventana todo cuanto han construido durante generaciones. Sería demasiado sencillo. Las sociedades se autodestruyen desde dentro, lentamente, casi con educación. Primero renuncian a una cosa, después relativizan otra y, cuando quieren darse cuenta, aquello que parecía irrenunciable se ha convertido en materia de discusión.

Mucho me temo que España en ese camino.

La primera obligación de quienes gobiernan un país no consiste en fabricar relatos, repartir certificados de bondad o explicar a los ciudadanos cómo deben interpretar la realidad. Su primera responsabilidad es bastante más antigua y elemental: protegerlos. Garantizar su seguridad, defender las fronteras, hacer cumplir las leyes y cambiar aquellas que contribuyen a allanar ese camino y preservar un espacio común donde la libertad pueda ejercerse sin miedo.

Porque sin seguridad, la libertad acaba siendo una palabra preciosa escrita sobre papel mojado.

Sin embargo, hemos ido construyendo una sociedad débil, pazguata, extraordinariamente incómoda ante cualquier concepto que implique autoridad, responsabilidad o firmeza. Nos hemos convencido de que defender lo propio resulta sospechoso y establecer límites constituye poco menos que una descortesía.

Y así aparece el buenismo absurdo y autodestructivo.

No la bondad, que es otra cosa. La bondad exige humanidad, inteligencia y responsabilidad. El buenismo, en cambio, consiste muchas veces en cerrar los ojos ante un problema esperando que la realidad tenga la delicadeza de desaparecer mientras miramos hacia otro lado.

Pero la realidad tiene muy mala educación.

Las sociedades se autodestruyen desde dentro cuando confunden tolerancia con indiferencia; cuando sienten vergüenza de defender sus principios; cuando las obligaciones comienzan a parecer antiguallas y los derechos se convierten en una barra libre sin camarero que presente la cuenta. Se autodestruyen cuando quienes cumplen las normas empiezan a preguntarse, con bastante lógica, si merece la pena seguir haciéndolo.

Un país tiene derecho a hacerse respetar. Más aún: tiene la obligación de hacerlo.

Eso no significa levantar murallas morales ni vivir permanentemente con el puño cerrado. Significa algo mucho más razonable: saber quién eres, qué leyes tienes, qué valores democráticos defiendes y qué comportamientos no estás dispuesto a aceptar. Una casa puede tener las puertas abiertas, pero sigue teniendo puerta. Y alguien debe conservar la llave y estar dispuesto a cerrarlas llegado el momento.

España no necesita convertirse en una fortaleza. Necesita dejar de comportarse como una vivienda comunitaria donde nadie sabe quién preside la junta y todos esperan que el vecino arregle la gotera.

Porque una nación no desaparece solamente cuando alguien la derrota desde fuera. También comienza a desaparecer cuando deja de reconocerse por dentro.

De ahí que resulte necesaria una reacción serena, democrática y firme de la sociedad española. Una recuperación de la responsabilidad ciudadana con la legítima voluntad de conservar nuestras costumbres, nuestra convivencia y nuestra forma de vida, sin negar los derechos de nadie.

No se trata de tener miedo al futuro. Se trata de llegar a él siendo todavía nosotros.

Porque las sociedades se autodestruyen desde dentro cuando dejan de considerar valioso aquello que heredaron.

Y España debería preguntarse, antes de continuar caminando, si realmente quiere descubrir qué hay al final de ese camino.


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