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“El naufragio que aún reclama justicia”
Por: Julio César González Padrón
Aye jueves 10 de septiembre, en la Biblioteca Municipal de Valleseco, el silencio tenía un peso distinto. No era un silencio vacío, sino un silencio lleno de respeto, de memoria y de esa emoción que solo despiertan las historias que siguen vivas, aunque hayan pasado más de cien años bajo el mar.
La conferencia homenaje al Valbanera fue, sencillamente lo que se dice: “maravillosa”. El salón se llenó con vecinos, curiosos, estudiantes, marineros retirados, familias que aún guardan en su genealogía el eco de aquellos emigrantes… Y personas que, sin tener vínculo directo, sienten que esta tragedia forma parte de la identidad canaria y española.
Cada mirada estaba atenta. Cada gesto, dispuesto a escuchar. Y, tanto Juan Miguel Sánchez Armas como yo mismo, procuramos llevar el rumbo con la serenidad de los viejos capitanes, que conoce bien su derrota.
“Un público entregado, un mensaje que caló”
Desde el primer minuto se notó que la gente no venía solo a escuchar datos; venía a “sentir”. Cuando hablamos de los 488 compatriotas, cuando mencionamos a los diez vecinos de Valleseco que iban a bordo, cuando explicamos cómo el huracán borró vidas y sueños, el público no solo escuchó, sino que acompañó.
Hubo emoción. Hubo silencio respetuoso. Hubo incluso algún brillo en los ojos cuando recordamos que el Valbanera no es solo un naufragio, sino un capítulo de nuestra. memoria colectiva.
“Un agradecimiento necesario”
Por eso, esta crónica de hoy es también un agradecimiento. A todos los que asistieron, a los que preguntaron, a los que se acercaron al final para compartir una historia familiar, a los que comprenden que recordar es un acto de justicia.
Gracias por llenar la sala. Gracias por mantener viva la memoria de los que nunca regresaron. Gracias por demostrar que, en Canarias, el mar no es solo paisaje, sino es historia, identidad y responsabilidad.
“Un cierre que honra nuestra guardia”
Porque veintiséis años hablando del Valbanera no se improvisan. Son una guardia larga, constante, hecha de compromiso y cariño. Y ayer, en Valleseco, esa guardia volvió a encender su faro.
¡Habla, Valbanera!
Hay silencios que pesan más que las palabras. Y hay naufragios que, aunque ocurridos hace más de un siglo, siguen reclamando memoria, respeto y justicia. El Valbanera es uno de ellos: el “Titanic de los pobres”, el barco que se tragó 488 vidas humildes, isleñas, emigrantes que buscaban en Cuba un futuro que su tierra ya no podía ofrecerles.
Mi compromiso con esta tragedia nació lejos de Canarias, en 1981, cuando siendo un joven oficial de la Marina Mercante entré con el Guadalupe en el puerto inglés de New Haven. Allí vi banderas a media asta y brazaletes negros en recuerdo del Titanic. Me pregunté entonces: ¿Y nosotros? ¿No tenemos tragedias marítimas modernas que recordar? La respuesta me llegó como un golpe de mar: “sí, la del Valbanera”.
Así, y desde 1999, cada 10 de septiembre, he dedicado una oración y un estudio más a ese naufragio que marcó a Canarias. Unos años después conocí al empresario y escritor aruquense Juan Miguel Sánchez de Armas, quien era otro entusiasta de la historia del Valbanera, pues no en vano el abuelo de su esposa, fue el último superviviente de aquella tragedia, que aún quedaba vivo. Juntos nos empeñamos en que el nombre del Valbanera, no quedara en el olvido Y hoy, en Valleseco, volvimos a levantar la voz por quienes ya no pueden hacerlo.
“Un país en decadencia y un pueblo obligado a emigrar”
En 1919 España era un país exhausto. La pérdida de las colonias, la miseria, el analfabetismo, las sequías y las plagas empujaron a miles de canarios a embarcarse hacia América. No buscaban fortuna; buscaban sobrevivir.
El Valbanera, un buque moderno para su época, zarpó de Barcelona con más de mil pasajeros. En Canarias embarcaron 251 personas; en Tenerife, 212; en La Palma, 106. Muchos quedaron en tierra porque la compañía limitó plazas. El destino ya empezaba a escribir su tragedia.
“El viaje final y los misterios que aún inquietan”
El barco llegó a Puerto Rico el 5 de septiembre y a Santiago de Cuba poco después. Allí comenzaron los misterios: cientos de pasajeros decidieron quedarse sin continuar a La Habana. ¿Miedo al ciclón? ¿Rumores? ¿Ignorancia? ¿Simple intuición? Nunca lo sabremos.
Lo cierto es que el Valbanera fue visto por última vez el 9 de septiembre, frente al Castillo del Morro, solicitando práctico para entrar en La Habana. El puerto estaba cerrado por temporal. Se le ordenó “correr el temporal” fuera. Y desapareció.
Mi teoría profesional, basada en años de estudio, es clara; “el buque quedó sin máquinas y sin gobierno”, arrastrado por el viento del ciclón hasta encallar en el Bajo de Rebeca. Allí lo hallaron días después, con solo el palo del trinquete y dos pescantes emergiendo del mar. Ningún bote salvavidas había sido usado.
“Cuerpos a doce metros de profundidad: una deuda pendiente”
Lo más doloroso no es solo el naufragio. Lo más doloroso es que “sus cuerpos siguen allí”, a doce metros de profundidad, sin cristiana sepultura, sin homenaje oficial, sin monumento digno en la capital grancanaria pese a haber sido aprobado por unanimidad hace años.
El olvido institucional contrasta con la entrega de los familiares, con la memoria popular y con el respeto que otros países muestran hacia sus tragedias marítimas. Como decía mi tío abuelo Blas, el indiano librero: “los políticos muy pocas veces dan una puntada sin hilo”. Y parece que el Valbanera ya no da votos.
“Historias que humanizan la tragedia”
El naufragio del Valbanera no es solo una cifra. Es un mosaico de vidas truncadas y milagros inesperados; Los jóvenes teldenses que se quedaron en tierra por visitar un cabaret. La niña Brito que tuvo una premonición y salvó a su familia. El indiano que se emborrachó en Santiago y sobrevivió gracias a “la chispa de la vida”. Juan y Teresa, los enamorados de Fuerteventura, cuya historia demuestra que el amor también naufraga. O los terorenses que se salvaron por acudir a la Virgen del Cobre el día de la Virgen del Pino, son historias que merecen ser contadas, porque detrás de cada naufragio hay humanidad.
“Un compromiso que no naufraga”
Hoy, 107 años después, seguimos defendiendo que el Valbanera merece un lugar en la memoria colectiva de Canarias. No por nostalgia, sino por justicia. Porque un pueblo que olvida a sus muertos pierde parte de su identidad.
El Valbanera habla y habla en cada familia que recuerda. Habla en cada emigrante que partió con una maleta de cartón. Habla en cada isleño que sabe que el océano da, pero también quita; porque la mar no olvida, pero los canarios tampoco.
Que el Valbanera siga descansando en aguas profundas, pero que su recuerdo permanezca siempre en superficie. Y mientras haya un solo canario dispuesto a contarlo, sus pasajeros no estarán perdidos. Esa es nuestra particular guardia. Y mientras vivamos, la cumpliremos. Y mientras tengamos voz; tanto Juan Miguel, como yo mismo, “seguiremos diciendo, bien alto… ¡Habla, Valbanera!”
¡Qué cosas!
Fdo:
Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor

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