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| La historia del primer café |
La noche fue eterna, interminable, parecía que el reloj de la mesilla se negaba a seguir marcando las horas mientras que ella, aún en la oscuridad, miraba las pequeñas manecillas que parecían ancladas en la esfera reluciente.
En la mañana había recibido una carta de su hijo anunciándole su llegada para el día siguiente. Hacía muchos años que no lo veía ya que se fue a estudiar fuera de Canarias aquella carrera que eligió desde que era pequeño.
Siempre había soñado con ser capitán de navíos para surcar los mares visitando aquellos países que, con estupor y asombro, veía en los libros de cuentos.
Su desespero de madre la hizo levantarse cuando apenas el sol entraba, tímidamente, por el pequeño resquicio de la ventana entreabierta. Con destacado nerviosismo entró en la cocina, apenas cubierta con una fina capa que le cubría los hombros y el pecho.
Allí preparó la primera taza de café de aquel día, a la que seguirían muchas más, que sorbía poco a poco mientras contemplaba ensimismada la foto de su hijo amado.
María Sánchez.

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