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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Cuando el chantaje humilla a una nación

 



Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Hay derrotas que se producen en un campo de batalla. Y hay otras bastante más difíciles de explicar porque ocurren en los despachos, entre teléfonos que suenan, comunicados diplomáticos escritos con bisturí y silencios que terminan haciendo más ruido que los cañones. Las primeras pueden ser inevitables. Las segundas son imperdonables.

Imagino por un momento a España como uno de esos viejos hidalgos que aparecen en los cuadros del Prado. Está de pie, orgullosa todavía, con las cicatrices de varios siglos a la espalda, una espada formidable colgada del cinto y una armadura que impone respeto. Pero alguien acaba de entrar en la habitación, le ha dado una bofetada y nuestro hidalgo, en lugar de llevarse la mano a la espada, pregunta educadamente si la bofetada ha sido muy fuerte.

Algo parecido comienza a transmitir la crisis de Ceuta. Y eso es precisamente lo inquietante.

Porque una nación puede ser vencida. Puede enfrentarse a otra más poderosa y perder una guerra, una batalla o una disputa internacional. La historia está llena de imperios derrotados y de ejércitos obligados a retroceder. No hay necesariamente deshonra en perder frente a quien es más fuerte. Lo difícil de soportar es otra cosa: la humillación.

España ocupa en 2026 el puesto 18 entre las potencias militares analizadas por Global Firepower. Marruecos, el 56. España pertenece a la Unión Europea y a la OTAN, dispone de unas Fuerzas Armadas profesionales y posee una capacidad económica muy superior a la de su vecino del sur.

No estamos hablando, precisamente, de David enfrentándose a Goliat.

Y, sin embargo, contemplando algunas imágenes procedentes de Ceuta, escuchando determinadas declaraciones y observando la extraordinaria prudencia con la que el Gobierno mide cada palabra cuando pronuncia el nombre de Marruecos, uno tiene a veces la extraña sensación de que los papeles se han invertido. Como si el gigante tuviera miedo de despertar al pequeño. Como si España caminara por el pasillo de su propia casa procurando no hacer ruido para no molestar al vecino.

Ese es el verdadero problema.

No hacen falta carros de combate cruzando una frontera para poner contra las cuerdas a un Estado moderno. El siglo XXI ha perfeccionado métodos mucho más baratos. Basta una frontera convertida en interruptor. Basta abrirla o cerrarla. Basta mirar hacia otro lado durante unas horas. Basta una crisis migratoria, una presión diplomática, una reivindicación territorial convenientemente recordada y unos cuantos miles de seres humanos desesperados transformados en instrumento de presión.

Y después viene el desconcierto. ¿Quién sabía qué? ¿Quién avisó? ¿Quién no avisó? ¿Quién permitió qué? ¿Fue Marruecos incapaz de contener aquella avalancha o hubo una permisividad deliberada?

Existen informes policiales y testimonios que han alimentado las sospechas sobre la actuación de las fuerzas marroquíes, mientras el Gobierno español sostiene que no existen pruebas concluyentes que permitan atribuir al Ejecutivo de Rabat la organización de la crisis.

Bien. Aceptemos la prudencia. Pero la prudencia diplomática no puede convertirse en tartamudeo nacional.

Porque hay algo todavía más grave que desconocer las intenciones de Marruecos: que Marruecos termine convencido de que puede tensar la cuerda sin pagar ningún precio político. Entonces la debilidad deja de ser una impresión y empieza a convertirse en doctrina.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué? ¿Por qué una nación económica, militar y diplomáticamente más poderosa transmite semejante vulnerabilidad frente a Marruecos?

Quizá porque el poder de un Estado no se mide únicamente contando fragatas, aviones, soldados o millones de euros de PIB. También se mide por la voluntad política de emplear su influencia.

Puedes tener una espada magnífica. Si tiemblas cuando tienes que desenvainarla, solo llevas encima un pedazo de hierro.

España posee herramientas diplomáticas, económicas, europeas y militares suficientes para hacerse respetar sin necesidad de disparar un solo tiro. Porque defender la soberanía nacional no consiste necesariamente en movilizar ejércitos. Consiste, antes que nada, en dejar meridianamente claro que las fronteras españolas no son una palanca que pueda accionarse desde el exterior cuando convenga obtener una concesión.

Ceuta no es una moneda encima de una mesa de negociación. Ceuta es España. Y convendría pronunciar esa frase sin complejos, sin notas al pie y sin pedir disculpas después.

El problema empieza cuando la política exterior de una nación parece condicionada por las circunstancias personales de quienes la gobiernan. Porque entonces cualquier sospecha, cualquier dependencia o cualquier vulnerabilidad adquiere una dimensión insoportable.

Un Estado democrático no puede tener secretos personales capaces de hipotecar su soberanía.

Ningún gobernante puede permitir que sus problemas, sus intereses, sus errores o sus circunstancias particulares se conviertan en una debilidad de España frente a otro país. Y si alguna vez existieran pruebas de que una decisión de Estado hubiera sido condicionada mediante presión o chantaje sobre un dirigente, estaríamos ante una cuestión de extraordinaria gravedad.

Porque los gobiernos pasan. España permanece.

Y, mientras tanto, está Ceuta.

Ceuta mirando al Estrecho. Ceuta contemplando cada mañana la costa marroquí al otro lado, tan cercana que parece que uno pudiera alcanzarla estirando el brazo. Ceuta acostumbrada a convivir con una frontera que no es solamente una línea sobre un mapa, sino una cicatriz geográfica por la que respira diariamente la geopolítica.

Imagino a un ceutí apoyado en una ventana. Mira hacia el mar. Después mira hacia Madrid. Y quizá no se pregunta cuántos cazas tiene España ni cuántas fragatas navegan bajo nuestra bandera. Se pregunta algo bastante más sencillo:

«¿Vendrán cuando los necesitemos?».

Esa pregunta debería retumbar en La Moncloa.

Porque un país empieza a perder mucho antes de perder una guerra. Empieza a perder cuando sus ciudadanos dudan de que su Gobierno vaya a defenderlos. Cuando el adversario descubre que presionar funciona. Cuando cada provocación recibe una explicación, cada amenaza una cautela y cada bofetada una invitación al diálogo.

Dialogar es imprescindible. Arrodillarse, no.

La diplomacia consiste en evitar conflictos defendiendo los intereses propios, no en evitarlos renunciando a ellos.

España no necesita demostrar que es más fuerte que Marruecos. Las comparaciones económicas y militares ya revelan una diferencia considerable. Tampoco necesita convertir el Estrecho en un escenario de testosterona patriótica. Sería absurdo, irresponsable y peligroso.

Necesita algo mucho más elemental: hacerse respetar.

Con serenidad. Con diplomacia. Con Europa. Con nuestras alianzas. Y, cuando sea necesario, con la firmeza de quien sabe que detrás de cada frontera hay cuarenta y tantos millones de ciudadanos y varios siglos de historia común.

Porque una nación puede ser sometida por una potencia superior. Puede perder frente a un enemigo más fuerte y levantarse después conservando intacta su dignidad. Lo que una nación no puede permitirse es acostumbrarse a la humillación.

Mucho menos si la humillación procede del chantaje. Y muchísimo menos todavía si ese chantaje no se ejerce contra España, sino contra quienes circunstancialmente ocupan el Gobierno de España.

Los presidentes pasan. Los ministros pasan. Los partidos pasan. Hasta los chantajistas pasan.

Pero España queda.

Y precisamente por eso hay una frontera que ningún gobernante tiene derecho a cruzar: aquella en la que sus debilidades personales empiezan a convertirse en las debilidades de todos.

Porque una nación puede ser sometida por la fuerza.

Nunca por el chantaje personal a sus dirigentes.


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