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jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando los oprimidos eligieron a Cortés: la otra cara de la conquista

 


Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


Hay personajes históricos a los que el tiempo no juzga: los caricaturiza. Y a Hernán Cortés le ha tocado, con insistencia casi ritual, el papel de villano plano, de figura sin matices, como si la historia fuera un teatro de marionetas donde unos nacen condenados a la infamia y otros bendecidos por la leyenda.

Pero la historia, cuando se la mira de frente, es más incómoda. Y más humana.

Cortés no llegó a México como un titán invencible ni como un demonio sediento de sangre. Llegó como lo que era: un hombre con ambición, con inteligencia política y con una intuición extraordinaria para leer el terreno, no solo el geográfico, sino el humano. Porque el verdadero mapa que supo descifrar no estaba en los códices ni en las costas, sino en las fracturas internas de un mundo que ya existía antes de que él pusiera un pie en él.

Conviene recordarlo, aunque incomode: el imperio mexica no era un paraíso arrasado por bárbaros extranjeros. Era una estructura de poder sostenida sobre la dominación de otros pueblos, sobre tributos forzados, sobre el miedo y, sí, sobre rituales de sacrificio que convertían la vida humana en moneda religiosa. Tlaxcaltecas, totonacas y otros tantos vivían sometidos, exprimidos, utilizados. No eran espectadores de la conquista. Eran actores con memoria, con heridas, con cuentas pendientes.

Y ahí es donde aparece la verdadera jugada de Cortés.

No fue la espada lo que inclinó la balanza. Fue la alianza.

Cortés entendió algo que muchos prefieren ignorar: que ningún imperio cae solo desde fuera. Se resquebraja desde dentro. Supo escuchar a quienes estaban hartos de ser dominados, supo ofrecerles algo que, en aquel momento, parecía imposible: una oportunidad de cambiar el orden de las cosas. No llegó con un ejército, llegó con la capacidad de construir uno. Y lo hizo no a base de imposición, sino de pactos.

¿Fue un santo? En absoluto. ¿Fue un hombre de su tiempo, con sus luces y sus sombras? Sin duda. Pero reducirlo a la figura de invasor despiadado es, además de simplista, profundamente injusto con la realidad histórica.

Porque, en el fondo, la caída de Tenochtitlán no fue la victoria de unos pocos españoles sobre millones de indígenas. Fue el resultado de una compleja red de alianzas donde miles de hombres y mujeres indígenas decidieron, por razones propias, ponerse del lado de Cortés. No por ingenuidad. No por engaño. Sino porque el mundo en el que vivían ya era, para ellos, insoportable.

Hay algo incómodo en aceptar esto. Porque rompe el relato fácil. Porque obliga a reconocer que la historia no se divide entre buenos y malos con la claridad de un cuento infantil. Porque nos enfrenta a una verdad menos cómoda: que los procesos históricos son siempre mestizos, contradictorios, llenos de decisiones difíciles y consecuencias imprevisibles.

Defender a Cortés no es negar el dolor ni las tragedias que vinieron después. Es, simplemente, negarse a aceptar la pereza intelectual de quien prefiere un eslogan antes que una explicación. Es mirar a un hombre en su contexto, entender sus decisiones y reconocer su capacidad para cambiar el curso de la historia con algo más que violencia: con estrategia, con audacia y con una comprensión profunda de la naturaleza humana.

Y eso, aunque a algunos les incomode, también forma parte de la verdad.


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