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sábado, 31 de octubre de 2026

URDA NO BUSQUEN TAN DEPRISA AL CULPABLE

Imagen de Joaquín Santana


Demasiado poco tiempo transcurrido como para sacar conclusiones


Por: Julio Cesar González Padrón

Artículo de opinión

                                                                   

No sé qué ocurrió exactamente en Urda, pero sospecho que quienes hoy señalan culpables con tanta seguridad tampoco lo saben, porque como solemos decir los hombres de mar, “después de un naufragio lo importante no es encontrar deprisa a quién echar la culpa, como ha hecho el ministro Oscar Puente, sino averiguar con exactitud por qué se abrió la vía de agua.” Solo así se evita que otro barco, otro tren o cualquier otra vida vuelva a correr la misma suerte.

No pretendo de condenar a nadie antes de tiempo, insisto que como hace el gobierno social comunista de Pedro Sánchez, ni de utilizar el dolor ajeno para alimentar titulares. Solo quiero formular las preguntas que muchos ciudadanos se hacen y que una investigación rigurosa está obligada a responder.

Por eso precisamente me inquieta profundamente la velocidad con que algunas autoridades estatales (Sánchez y Puente), han puesto el foco sobre el supuesto “error humano” mientras aún seguimos sin conocer todas las circunstancias que rodearon la tragedia y porque cuando decenas de personas pierden la vida en una infraestructura de alta velocidad del siglo XXI, la primera pregunta no debería ser quién se equivocó; la primera pregunta debería ser “por qué el sistema permitió que un error acabara matando a tanta gente.”

A lo largo de mi vida profesional como oficial de la Marina Mercante cometí errores. Como los cometió cualquier marino que se atreva a decir la verdad. Porque los seres humanos nos equivocamos. Nos equivocamos en un puente de mando, en una torre de control, en una sala de operaciones o en una cabina ferroviaria y precisamente por eso existen los sistemas de seguridad.

Recuerdo perfectamente cómo funcionaban los sistemas anticolisión de los buques en los que navegué. Bastaba con introducir un rumbo equivocado para que las alarmas comenzaran a advertirme del peligro. El radar calculaba automáticamente el riesgo de colisión, el tiempo restante y el punto exacto de encuentro. Y si a pesar de todo, el oficial de guardia persistía en su error, los sistemas automáticos actuaban para evitar el accidente.

La filosofía era sencilla. El hombre puede equivocarse, pero la máquina diseñada para evitarlo, no debe permitirse el lujo de mirar hacia otro lado.

Por eso me cuesta aceptar que, en una línea ferroviaria moderna de alta velocidad, dotada supuestamente de múltiples barreras de protección, una simple equivocación humana pueda explicar por sí sola una tragedia de semejante magnitud, y si realmente la explicación oficial termina siendo esa, entonces el problema es muchísimo más grave de lo que nos quieren hacer creer; porque significaría que toda la cadena de seguridad ha fallado. Significaría que los sistemas destinados a detectar, corregir y neutralizar el error humano no estaban en condiciones de cumplir su función y cuando eso ocurre, la responsabilidad ya no termina en el puente de mando; Empieza mucho antes. Empieza en las inspecciones que no se realizan. Empieza en los mantenimientos que no se completaron bien. Empieza en las averías que se parchean en lugar de solucionarse. Empieza en quienes tienen la obligación legal y moral de garantizar que una infraestructura crítica opere con todos sus sistemas plenamente operativos.

Por eso me parecen especialmente relevantes las voces de ingenieros, técnicos y profesionales ferroviarios que están advirtiendo de algo muy serio: “que un accidente de estas características no debería producirse, aunque exista un error humano”.

Si eso es cierto, la investigación debe mirar mucho más arriba de la cadena de responsabilidades, pero que mucho más arriba., y aquí aparece otro aspecto que me resulta profundamente desagradable, que fue La publicación de conversaciones y comunicaciones relacionadas con trabajadores, que pocos minutos después, iban a perder la vida o quedar bajo una presión insoportable. Sinceramente, no me parece elegante. No me parece justo y desde luego no me parece compatible con una investigación serena e independiente.

Tengo la incómoda sensación de que algunos (gobierno), están intentando construir demasiado deprisa el relato “del culpable perfecto”; el muerto, un culpable que no puede defenderse. Un culpable que concentra toda la indignación pública. Un culpable que evita hacer preguntas más incómodas.

Porque hablar de un error individual siempre resulta más sencillo que hablar de mantenimiento deficiente por parte del ministerio de transporte de Oscar Puente. Más sencillo que hablar de sistemas envejecidos. Más sencillo que hablar de posibles negligencias de supervisión. Más sencillo que hablar de responsabilidades políticas del ministro, pero la realidad suele ser mucho más testaruda.

Los grandes accidentes de la historia no suelen producirse por una única causa. Se producen cuando varios fallos coinciden al mismo tiempo y cuando un solo error humano es capaz de atravesar todas las barreras de seguridad hasta desembocar en una tragedia; el problema nunca es únicamente humano; es estructural. Es organizativo. Es técnico y finalmente es político.

Por eso considero prematuro, injusto e incluso irresponsable señalar con el dedo a quienes estaban al final de la cadena, mientras todavía desconocemos quién era responsable de mantener esa cadena completa en perfecto estado de funcionamiento; porque si el sistema cayó, alguien tenía la obligación de evitar que cayera, y  si el mantenimiento no estuvo a la altura, alguien tenía la obligación de garantizarlo;  así como,  si las medidas de seguridad no funcionaron como debían, alguien tendrá que explicar el  por qué, y ese "alguien" no puede ser únicamente quien ocupaba un puesto operativo aquella mañana ,pues la responsabilidad última, en cualquier estructura pública, siempre acaba llegando a quien la dirige, y eso le guste o no al gobierno,  incluye al ministro de turno; en este caso Oscar Puente. No para condenarlo de antemano. No para convertirlo en cabeza de turco, sino porque el liderazgo no consiste en atribuir culpas hacia abajo cuando ocurre una tragedia; consiste en asumir responsabilidades hacia arriba cuando el sistema que uno dirige deja de cumplir la misión para la que fue creado.

“Hasta que la investigación concluya, las víctimas merecen un respeto, y la verdad merece paciencia”.

Pero si algo he aprendido después de toda una vida navegando, es que cuando un barco colisiona, el problema rara vez es del último marinero que tocó el timón. El problema suele comenzar mucho antes, en aquellos que debían haber comprobado que todos los sistemas funcionaban correctamente y no lo hicieron, y eso, por mucho que algunos intenten evitarlo, también forma parte de la verdad que Urda merece conocer.


“Conclusión final de un viejo lobo de mar”

Urda merece la verdad, no precipitación. Merece una investigación completa, independiente y transparente. Y merece que nadie convierta a un trabajador, vivo o fallecido, en el culpable perfecto antes de examinar a fondo todo el sistema. “Porque si el error de una sola persona basta para provocar una tragedia de esta magnitud, entonces el verdadero problema no es la persona”. El verdadero problema es “el sistema” que permitió que su error llegara tan lejos. Y cuando este sistema de seguridad se derrumba, la responsabilidad ya no puede detenerse en el último eslabón de la cadena. Debe ascender peldaño a peldaño hasta llegar a quienes tenían la obligación de garantizar que aquello jamás pudiera ocurrir. Sólo entonces podremos decir que hemos aprendido algo de Urda, y que las víctimas no murieron para que, una vez más, la verdad descarrilara junto con los trenes,  por favor seamos más respetuosos con los que ya no pueden defenderse, que descansen ahora en la paz de nuestro Señor, porque ya no estarán más entre nosotros y es qué… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

Fdo:

Julio César González Padróm

Marino Mercante y escritor


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