En un mundo cada vez más dominado por el sonar, los GPS de alta precisión y los aparejos sintéticos de última generación, la costa de Gran Canaria guarda el secreto de una de las tradiciones marineras más singulares y poéticas del Atlántico: la pesca de la vieja mediante el uso del tradicional mirafondos.
La vieja un pez de colorido deslumbrante y carne finísima tan cotizado en los manteles isleños, no es una presa fácil. Se alimenta en los fondos rocosos y en los sebadales, picoteando algas y pequeños crustáceos con su característico pico en forma de loro. Para capturarla sin dañar el entorno ni asustarla, los antiguos pescadores artesanales de la isla desarrollaron un método paciente, casi contemplativo, que convierte cada jornada en un diálogo directo con el mar.
La ventana transparente del mar
El protagonista indiscutible de esta técnica es el mirafondos. Este utensilio, tan rudimentario como ingenioso, consiste en un cilindro o cubo —antiguamente elaborado de madera o zinc— con un cristal herméticamente sellado en su base.
Al sumergir unos centímetros el cristal bajo la superficie, el pescador elimina de golpe el encrespamiento del agua y los destellos del sol. El mar se vuelve cristalino. Desde el borde de los acantilados, las rocas costeras o a bordo de una pequeña barquía de madera, el artesano obtiene una visión impecable del ecosistema submarino, como si observara a través de una ventana submarina.
Caña, pulso y la tentación de la cangrejilla
La técnica exige tanto pulso como conocimiento del medio. Equipado con una caña ligera y flexible —que históricamente se elaboraba con cañizo local o bambú—, el marinero sostiene el mirafondos con una mano mientras maneja el aparejo con la otra.
El cebo reina para esta pesca es la cangrejilla, un pequeño cangrejo de roca que habita la zona intermareal. Al atar la carnada de forma precisa, el pescador vigila detenidamente el movimiento de los ejemplares a través del cristal. No se trata de lanzar el anzuelo a ciegas y esperar: la pesca de la vieja es un lance visual. Hay que saber posar el cebo con suave precisión justo en la "pasada" o grieta donde se alimenta el pez y sentir el momento exacto en el que mordisquea para clavar el anzuelo con un certero golpe de muñeca.
Un patrimonio cultural que pide no caer en el olvido
Más allá de una simple actividad de subsistencia, la pesca a pulso con mirafondos representa la esencia de la sostenibilidad marina del archipiélago. Es una pesca selectiva, de bajo impacto y profundamente respetuosa con los ciclos naturales y las tallas mínimas.
Hoy en día, aunque la tecnología ha ganado terreno en los muelles de la isla, todavía es posible avistar a veteranos pescadores en rincones del litoral grancanario, erguidos sobre las rocas con su mirafondos en mano. Su figura recortada contra el horizonte no solo es una estampa típica de la cultura marinera canaria, sino un recordatorio vivo de una época en que la paciencia, la observación y el respeto por el océano eran la mejor herramienta de trabajo.
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