| Don Julio escritor y marino mercante |
Por: Julio C. González Padrón
Artículo de opiniónEl 23 de febrero de 1981 constituye uno de los episodios más estudiados de la historia política reciente de España. Aquel día, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió armado en el Congreso de los Diputados durante la segunda votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, interrumpiendo abruptamente el proceso parlamentario y situando al sistema constitucional ante su mayor desafío desde su aprobación en 1978.
Cuarenta y tres años después, y con la reciente desclasificación de documentación oficial relativa a los hechos, el 23-F puede analizarse con mayor distancia historiográfica. Más allá de la dimensión dramática de aquellas horas, el intento de golpe de Estado permite reflexionar sobre la fragilidad inicial del sistema democrático y, al mismo tiempo, sobre su capacidad de resistencia.
El golpe no puede comprenderse sin atender al contexto político, social y económico de la época. La transición iniciada tras la muerte del dictador Francisco Franco había dado lugar a un nuevo marco constitucional, pero el proceso de institucionalización democrática aún estaba en desarrollo.
El liderazgo de Adolfo Suárez fue decisivo para articular consensos amplios, pero también generó tensiones en distintos frentes; desde sectores del aparato del Estado reacios a la descentralización territorial, hasta una coyuntura económica marcada por inflación y desempleo. A ello se sumaban el impacto del terrorismo de ETA y una percepción de inestabilidad que alimentaba discursos involucionistas en determinados ámbitos militares.
La dimisión de Suárez en enero de 1981 reflejó el desgaste acumulado. En ese marco de incertidumbre institucional se gestó la operación encabezada por Tejero, acompañada por otros actores que aspiraban a forzar un “golpe de timón” político.
Uno de los elementos centrales para entender el fracaso del golpe fue la reacción de las instituciones. El mensaje televisado del rey Juan Carlos I, defendiendo el orden constitucional y la legitimidad del Parlamento, desempeñó un papel clave en la desactivación de apoyos dentro de las Fuerzas Armadas.
Si, quizás el momento más recordado de aquella jornada fue aquel mensaje televisado del rey Juan Carlos I, vestido con uniforme militar, defendiendo el orden constitucional y desautorizando el golpe. Su intervención, por mucho que no lo acepten “los de siempre” y con el único objetivo de criticar a la monarquía, fue determinante para desactivar apoyos y reafirmar la legalidad democrática y esto es algo incuestionable.
Al amanecer del día 24, el intento había fracasado. La imagen de los diputados regresando a la normalidad parlamentaria simbolizó, para muchos, la consolidación definitiva del sistema democrático.
Desde una perspectiva politológica, el 23-F puede interpretarse como una “crisis crítica” que sometió a prueba la lealtad institucional y la cultura democrática en construcción. El hecho de que la mayoría de actores políticos, sociales y militares no secundaran la asonada fue determinante para consolidar la legitimidad del sistema constitucional.
La reciente apertura del día 24 de los archivos oficiales permite enriquecer el conocimiento histórico, aunque raramente altera los consensos básicos ya establecidos por la investigación académica. Más que revelar grandes sorpresas, la desclasificación contribuye a matizar interpretaciones, clarificar responsabilidades y comprender mejor las dinámicas internas de la época.
Pero más allá de conocer los detalles, el 23-F, hoy se sigue planteando preguntas relevantes como: ¿hasta qué punto era frágil nuestra democracia en 1981? ¿Qué factores permitieron que resistiera? ¿Cómo influyó aquel episodio en la cultura política posterior?
Al mismo tiempo, el 23-F forma parte de la memoria colectiva española. Durante años fue recordado como una experiencia traumática vivida en directo por millones de ciudadanos a través de la radio y la televisión. Hoy, en cambio, es objeto de estudio en manuales y trabajos universitarios, lo que refleja un proceso de normalización histórica.
Desde 1981 hasta la actualidad, España ha experimentado transformaciones profundas, tal como las alternancias políticas regulares, integración europea, descentralización autonómica, modernización económica y cambios sociales de gran calado. La democracia ha atravesado crisis significativas —económicas, territoriales e institucionales— pero dentro del marco constitucional.
El contraste entre la incertidumbre de 1981 y la estabilidad estructural actual no implica ausencia de tensiones, sino evidencia de un sistema que ha desarrollado mecanismos de gestión del conflicto político dentro de la legalidad.
Recordar el 23-F no implica reabrir heridas ni alimentar divisiones. Implica, sobre todo, valorar la importancia de las instituciones, el respeto a la legalidad y la cultura democrática. Los sistemas políticos no son estructuras inmutables; dependen del compromiso cotidiano de ciudadanos y representantes.
La historia no se repite de forma mecánica, pero sí ofrece lecciones. La principal quizá sea que la estabilidad democrática no es un punto de llegada definitivo, sino un proceso continuo que exige diálogo, responsabilidad y respeto a las reglas del juego.
A 43 años de aquel 23 de febrero de 1981, el mejor homenaje a la normalidad que se recuperó aquella madrugada fue precisamente esa normalidad que gozamos hoy y a la posibilidad de debatir, discrepar y elegir en completa libertad.
Cuarenta y tres años después, el análisis desapasionado del 23 de febrero de 1981 invita a una reflexión más amplia. Las democracias no se consolidan solo mediante textos legales, sino a través de prácticas, lealtades institucionales y cultura cívica. Recordar aquel episodio no es un ejercicio de nostalgia ni de dramatización, sino una oportunidad para valorar el recorrido histórico y comprender mejor los fundamentos del presente.
Como reflexión final apunto qué, el 23-F no fue únicamente un intento fallido de golpe de Estado; fue también un momento de verificación histórica, pues puso a prueba la arquitectura constitucional y la voluntad colectiva de sostenerla. Su fracaso contribuyó paradójicamente a fortalecer el sistema que pretendía quebrar.
Y para dejar claro que quien escribe este articulo es un “maúro” de Telde, me despido con una expresión típica de mi pueblo: De aquel negocio no me hable cristiano… ¡Amargos chocos!
Fdo. Julio César González Padrón
Marino Mercante y Escritor
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