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jueves, 19 de febrero de 2026

Feminismo selectivo y cálculo político

La polémica de ahora 

Luis Seco de Lucena

18/02/2026

Artículo de opinión

El Congreso ha vuelto a ofrecer un espectáculo conocido: el interés partidista se impone a una realidad social incómoda. La reciente iniciativa para prohibir el uso del burka y el niqab en espacios públicos no ha prosperado. Y, más allá de las estrategias parlamentarias, lo verdaderamente preocupante es el mensaje que se envía a miles de mujeres cuya libertad no puede medirse en votos.

Se ha preferido el cálculo político a la reflexión ética. Se ha antepuesto la procedencia de la propuesta al contenido de la misma. Y cuando la política se convierte en un tablero donde importa más quien mueve la pieza en sí, los que pierden son siempre los mismos: los ciudadanos, y en este caso las mujeres.

Resulta llamativo –por no decir incoherente– que quienes se declaran ateos combativos y denuncian con vehemencia cualquier presencia pública de símbolos cristianos, adopten ahora una posición comprensiva con símbolos impuestos que implican una clara subordinación femenina. La laicidad no puede aplicarse con doble vara de medir. Si el espacio público debe ser neutral, lo es para todos. Si el feminismo es una causa universal, lo es sin excepciones culturales.

No hablamos de una prenda más. El burka y el niqab no son simples opciones estéticas. Son en numerosos entornos, la expresión visible de una estructura social que restringe la autonomía femenina. Son cárceles de tela, donde el rostro –símbolo de identidad y dignidad–  queda oculto. Defender su presencia en nombre de la diversidad cultural equivale a cerrar los ojos ante una realidad incomoda: la de mujeres que no eligen, sino que obedecen.

Nuestra legislación proclama la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Prohíbe la coacción, la sumisión impuesta, la discriminación por razón de sexo. ¿Puede considerarse compatible en ese marco jurídico la imposición de vestimenta que simboliza, precisamente, esa desigualdad? No se trata de estigmatizar religiones ni de alimentar discursos excluyentes. Se trata de aplicar con coherencia los principios que decimos defender.

Hay, además una contradicción política difícil de ignorar. Los mismos grupos que votaron en contra de la prohibición suelen presentarse como abanderados del feminismo y la igualdad. Sin embargo, cuando la defensa de los derechos de las mujeres coincide con la iniciativa presentada por un adversario ideológico, el compromiso parece diluirse. La bandera de la igualdad no puede ondear solo cuando conviene.

En última instancia, el debate no es sobre la libertad religiosa o cultural. Es sobre libertad real. No se trata de si algunas mujeres afirman llevar estas prendas voluntariamente. La pregunta decisiva es otra: ¿pueden quitárselas voluntariamente sin sufrir represalias en su entorno, empezando por el familiar?

Ahí reside el núcleo del problema. Si esa garantía no está asegurada, hablar de elección es, sencillamente, una ficción.


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