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viernes, 27 de febrero de 2026

23F. Desclasificado


Luis Seco de Lucena


La frustración de los conspiranoicos

Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


La apertura de los archivos del 23 de febrero de 1981 no ha traído fantasmas nuevos ni revelaciones volcánicas. Ha traído, sencillamente, luz. Y la luz, cuando entra en una habitación cerrada durante décadas, no siempre descubre monstruos; a veces solo confirma que las sombras eran eso: sombras.

Durante años, una parte del debate público ha querido encontrar en aquel episodio la mano oculta del propio jefe del Estado. La hipótesis era seductora en su dramatismo: el rey que supuestamente alentaba el incendio para después presentarse como bombero. Pero la navaja de Ockham —ese principio que aconseja no multiplicar las hipótesis sin necesidad— corta con precisión quirúrgica: la explicación más sencilla suele ser la correcta.

¿Tiene sentido sostener que quien, seis años antes, había renunciado a todo poder político para entregarlo al pueblo español, consolidando una democracia bajo la fórmula de monarquía parlamentaria, iba a dinamitar por la fuerza el edificio que él mismo había contribuido a levantar? Resulta tan coherente como imaginar a un arquitecto prendiendo fuego a la catedral cuya bóveda acaba de culminar.

Los golpistas lo sabían bien. Sabían que la clave del éxito no estaba en los tanques ni en los tricornios, sino en la figura del rey. Si el monarca, jefe supremo de las fuerzas armadas, se sumaba, la disciplina militar habría cerrado filas en torno a la corona. Esa era la piedra angular de la intentona. Y ahí radicó el engaño: insinuar apoyos inexistentes, sembrar la duda en los mandos, proyectar la ficción de un consentimiento real que nunca llegó.

La desclasificación documental no ha hecho sino confirmar esa realidad desnuda: no hubo doble juego, no hubo cálculo sinuoso, no hubo dramaturgia palaciega. Hubo, en cambio, una intervención clara y decisiva para desactivar la asonada. El mensaje televisado del monarca no fue un gesto teatral, sino el acto institucional que desactivó la mecha cuando aún chisporroteaba.

Para los conspiranoicos antimonárquicos, la apertura de los archivos ha sido una decepción. Esperaban encontrar la pieza secreta que encajara en su rompecabezas ideológico. No la han hallado. Los papeles no alimentan la sospecha; la disuelve. Y cuando la sospecha se evapora ante los documentos, lo que queda no es una conspiración frustrada, sino una narrativa debilitada.

El 23F fue un terremoto político. Pero, como en todo seísmo, lo importante no es solo la sacudida, sino la resistencia de la estructura. La democracia española, joven y aún frágil, soportó el envite. Y en ese momento crítico, la figura del Rey actuó como viga maestra, no como ariete.

La historia no se reescribe a golpe de intuición ni de sospecha. Se escribe con documentos, con hechos y con lógica. Y la lógica —esa vieja aliada de la navaja de Ockham— nos recuerda que, a veces, la explicación más sencilla es también la más incómoda para quienes prefieren el laberinto al camino recto.

Desclasificados los papeles, lo que emerge no es un monarca conspirador, sino un jefe del Estado que cumplió con su deber constitucional en la hora más oscura. Y quizá esa sea la verdadera frustración de algunos: que la realidad, al final, haya resultado menos novelesca y más sobria.


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