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domingo, 18 de enero de 2026

Telde: Energía verde sobre tierra arrasada

 

Adiós a lo verde


Luis Seco de Lucena

Vecino de la Herradura, Telde

Opinión


La transición energética es necesaria. Urgente, incluso. Nadie con un mínimo de responsabilidad ambiental puede negar la importancia de apostar por las energías renovables frente a un modelo fósil agotado y contaminante. Pero no todo lo que se presenta como “verde” lo es realmente. Y no todo vale en nombre del progreso.



La construcción que se está llevando acabo de una de una planta fotovoltaica en el casco urbano de Telde, rodeada de barrios periféricos de la ciudad, y a escasos cien metros de viviendas habitadas, plantea serias dudas que no pueden despacharse con un simple discurso tecnocrático ni con consignas ecológicas vacías.



Porque cuando una supuesta solución ambiental se levanta sobre un páramo artificial, lo que queda no es sostenibilidad, sino contradicción.



Donde antes había terrenos verdes —espacios sin grandes pretensiones, pero vivos— hoy se extiende una superficie arrasada, cercada y hostil. Se ha eliminado de un plumazo la flora existente, esa que no salía en los informes pero que cumplía una función esencial: dar sombra, retener humedad, albergar vida. Con ella ha desaparecido también la fauna que encontraba allí refugio: aves, pequeños mamíferos, lagartos... Vida silenciosa, sí, pero vida al fin y al cabo.

¿Es este el precio inevitable del progreso? ¿De verdad no existían alternativas menos agresivas, menos cercanas a los hogares, menos destructivas con el entorno inmediato?

La proximidad de la planta a las viviendas no es un detalle menor. Vivir a un centenar de metros de una infraestructura industrial —por muy limpia que se presente— no es inocuo ni desde el punto de vista paisajístico, ni social, ni psicológico. Se altera el entorno, se degrada el paisaje cotidiano y se impone una decisión sin diálogo con quienes habitan el territorio.

Pero hay una herida aún más profunda: la oportunidad perdida.

Los barrios que rodean esta futura instalación arrastran desde hace años una carencia evidente de parques, zonas verdes y espacios de esparcimiento. Los niños no tienen dónde jugar sin asfalto. Los mayores no disponen de bancos a la sombra donde sentarse, conversar o simplemente pasar la tarde. Para disfrutar de un parque digno, unos y otros deben desplazarse a otras zonas de la ciudad, como si el derecho al ocio y al descanso estuviera reservado solo para determinados barrios que se venden como el escaparate de Telde.

En lugar de corregir esa desigualdad urbana, se ha optado por consolidarla. Donde pudo haber árboles, senderos, columpios, zonas de encuentro, vamos a tener placas, vallas y tierra muerta. Energía para todos, sí; pero espacio vital para nadie.

Resulta difícil no ver en esta decisión una contradicción flagrante: crear energías verdes destruyendo zonas verdes. El oxímoron es tan evidente que duele. La sostenibilidad no puede reducirse a cifras de megavatios ni a gráficos de producción. La sostenibilidad real es social, ambiental y urbana. Tiene que ver con cómo se vive, no solo con cómo se consume.

Defender las renovables no debería implicar aceptar cualquier proyecto sin cuestionarlo. Al contrario: cuanto más legítima es la causa, mayor debe ser la exigencia. Ubicar plantas fotovoltaicas lejos de núcleos habitados, aprovechar cubiertas industriales, techos públicos, suelos degradados o infraestructuras ya existentes no solo es posible, sino deseable. Lo que no es aceptable es sacrificar los pocos pulmones verdes de barrios olvidados en nombre de una ecología mal entendida.

El futuro no se construye arrasando el presente.
Y la energía limpia no puede nacer de decisiones sucias.

Si queremos ciudades más justas, más humanas y verdaderamente sostenibles, habrá que empezar por escuchar a quienes viven en ellas. Y por recordar que el verde no se mide solo en kilovatios, sino también en árboles, en sombras, en infancia y en dignidad urbana.


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