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| Julio C. González Padrón |
Por: Julio C. González Padrón
Opinión
La democracia, entendida como un sistema vivo y en constante negociación, no se sostiene únicamente sobre leyes y constituciones. También depende de una cultura política que valore el pluralismo, la moderación y el respeto institucional.
Cuando alguno de estos elementos se debilita, incluso las democracias más consolidadas pueden experimentar un proceso de erosión gradual.
Esta idea, ampliamente estudiada por la ciencia política contemporánea, ha cobrado especial relevancia en los últimos años en Estados Unidos, donde el estilo de liderazgo del presidente Donald Trump, al que yo llamo: “pistolero rubio del salvaje Oeste americano y de nostalgias hitlerianas”, ha generado un intenso debate público.
En el terreno doméstico, las actuaciones de la Agencia de Inmigración ICE ha sido objeto de un escrutinio constante.
Informes de organizaciones civiles y académicas han documentado prácticas que incluyen detenciones masivas, procedimientos acelerados y un uso de la fuerza que algunos consideran desproporcionado e incluso, tanto que nos trae a la memoria, aquellas camisas marrones de Hitler, que derivaron en la famosa policía político social SS.
Para sectores críticos, estas dinámicas no solo afectan a las comunidades migrantes (especialmente latinas), sino que también ponen a prueba los límites éticos y legales del Estado.
Desde una perspectiva analítica, este fenómeno puede interpretarse como un desplazamiento hacia políticas de securitización que priorizan el control sobre la protección de Derechos Humanos.
Pero más allá de los datos y los informes, lo que sí es cierto es que hoy existe en USA un clima emocional que se percibe en las calles; familias que viven con el miedo y la incertidumbre como compañera diaria, comunidades enteras que aprenden a hablar en susurros, barrios donde el sonido de una sirena nocturna basta para detener el tiempo.
En este aterrador paisaje, la democracia parece observar desde la distancia, preguntándose si su voz sigue siendo escuchada.
En el ámbito internacional, la doctrina de “America First” ha redefinido la diplomacia estadounidense de Donal Tump.
La retirada de acuerdos multilaterales, los desencuentros con aliados históricos y la retórica confrontativa hacia gobiernos que no comparten la visión de la Casa Blanca, han generado un reordenamiento de equilibrios globales.
Desde el análisis académico, este giro puede interpretarse como una apuesta por el unilateralismo, con implicaciones profundas para la estabilidad internacional.
Desde la mirada periodística, se traduce en titulares que hablan de tensiones, incertidumbre y rupturas diplomáticas, y desde la perspectiva literaria, podría describirse como un escenario donde las antiguas alianzas tiemblan como puentes colgantes azotados por un viento inesperado.
La pregunta que subyace a todo este debate es inevitable: ¿Está realmente en peligro la democracia estadounidense?
Las instituciones siguen funcionando, los tribunales continúan actuando y la prensa mantiene su papel fiscalizador; sin embargo, la erosión democrática cada vez se manifiesta de forma más abrupta que avanza como una marea silenciosa, acumulando pequeños gestos, discursos polarizantes y decisiones qué, con el tiempo, pueden alterar la arquitectura institucional, por muy robusta que nos parezca a simple vista.
La literatura especializada advierte que la polarización extrema, la deslegitimación de actores independientes y la normalización de un lenguaje político agresivo, como el que utiliza nuestro temido “pistolero rubio del salvaje Oeste americano con sueños hitlerianos”, son factores que pueden debilitar la cultura democrática.
Los reportajes periodísticos, por su parte, muestran cómo estas tensiones se traducen en fracturas sociales palpables, y la narrativa literaria nos recuerda qué, detrás de cada estadística, hay vidas reales que sienten el peso de estas transformaciones.
En este cruce de miradas —académica, periodística y literaria— emerge una conclusión compartida: la democracia no es un monumento de piedra, sino un organismo que respira, que se fortalece o se debilita según el compromiso de quienes la sostienen. No está derrotada, pero tampoco es invulnerable.
Su futuro depende de la capacidad colectiva para defender los valores que la hicieron posible.
A mi que por “necesidad de vida saludable” me encanta ser optimista, me gusta pensar que al “pistolero rubio del salvaje oeste americano, con nostalgias hitlerianas” le quedan tres años en “su chiringuito”, y el pueblo americano, que tantas veces ha demostrado a través de la historia ser grande y sabio, lo sabrá echar de la Casa Blanca, a través de las urnas.
Si no ocurriera esto mis queridos amigos…. ¡Pobrecita humanidad!
¿O mejor debiera decir?... esto se acabó compañeros; así que… Maricón el último; el que no se ha escondido… ¡Tiempo ha tenido!
¡Qué cosas!
Fdo. Julio César González Padrón
Maúro de Telde, Marino Mercante y Escritor
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