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sábado, 31 de enero de 2026

Liliana Sáenz: La voz que elevó a un país en el funeral de Adamuz


Gracias Julio por este artículo


 Por: Julio C. Glez. Padrón

 Escribo hoy este articulo con el corazón encogido, lleno de dolor y esperanza, porque en ocasiones excepcionales, la palabra humana alcanza una altura moral capaz de iluminar incluso en  los momentos más oscuros. 

Eso fue lo que ocurrió en el homenaje funeral celebrado tras el trágico accidente ferroviario de Adamuz, cuando Liliana Saens, víctima ella misma del siniestro, tomó la palabra ante un polideportivo abarrotado de familiares, supervivientes, autoridades, Sus Majestades los Reyes y ciudadanos de toda condición social profundamente conmovidos. 

Lo que allí pronunció no fue un discurso más; fue un acto de generosidad espiritual, un testimonio de fe y un ejemplo de humanidad que dejó una huella imborrable en todos los presentes.

En un ambiente cargado de dolor, Sáenz logró algo extraordinario: “transformar la tristeza en recogimiento, la rabia en serenidad, la confusión en esperanza”.

 Su voz femenina, firme y a la vez profundamente humilde, se alzó sin rencor, sin búsqueda de culpables, sin sombras de resentimientos. 

Habló desde un lugar más alto; desde la compasión, desde la rectitud moral, desde la convicción de que la dignidad humana puede prevalecer incluso en medio de la tragedia.

Su mensaje, impregnado de religiosidad sincera y no impostada, invitó a mirar a las víctimas, no solo como nombres en una lista, sino como hijos de Dios, cuya memoria merece respeto, amor y verdad. 

En sus palabras no hubo espacio para la ira, sino para la luz; no hubo acusación, sino consuelo; no hubo fractura, sino un llamado a la unidad interior.

Lo más admirable es que esa lección de humanidad no vino de una figura distante, sino de alguien que también sufrió, que también perdió, que también carga cicatrices visibles e invisibles y precisamente por eso, su intervención adquirió una dimensión casi trascendente; porque quien ha sido herido y aun así elige hablar de paz, engrandece a todos los que le escuchan.

Muchos de los asistentes confesaron haber sentido que aquel discurso les “hizo crecer por dentro”. No es una expresión menor; en tiempos en los que la crispación parece dominarlo todo, escuchar a una víctima pedir serenidad, respeto y compasión, es un recordatorio poderoso de lo que somos capaces como sociedad cuando dejamos que aflore lo mejor de nosotros como seres humanos e hijos de Dios.

Por eso, con este artículo pretendo hacer algo más que un homenaje. 

Quiero que se convierta en memoria; quiero evitar que el eco de aquellas palabras se pierda con el paso de los días.

 Porque discursos así no se improvisan; nacen de la verdad interior, del dolor transformado en luz, de la fe que sostiene cuando todo parece derrumbarse.

Liliana Sáenz dignificó a las víctimas, honró a sus familias y, sin proponérselo, nos ofreció una lección moral que trasciende el accidente y alcanza a toda la comunidad humana. 

Su intervención fue un acto de amor, de valentía y de generosidad espiritual, y por eso merece ser recordada, releída y transmitida.

En Adamuz hubo una tragedia, sí, pero también hubo grandeza, esa grandeza tuvo nombre propio; el de una mujer que, desde sus propias heridas, nos recordó que la humanidad sigue siendo capaz de elevarse.

Este funeral-homenaje celebrado tras el accidente ferroviario de Adamuz quedará grabado en la memoria colectiva con nombre propio; el de Liliana Saens

No solo por la magnitud de la tragedia, sino por la inesperada grandeza moral que emergió en medio del dolor. 

Víctima ella misma del siniestro, con heridas visibles y otras que solo el alma conoce, Liliana tomó la palabra con una serenidad que desarmó a todos. 

Lo que pronunció no fue un discurso, sino un acto de amor; no fue una intervención, sino un testimonio; no fue una queja, sino una ofrenda. 

Su voz, templada por la fe cristianan y la experiencia del sufrimiento, la convirtió en un faro que iluminó a un país entero.

En un contexto donde habría sido comprensible la rabia, Liliana eligió la compasión; donde otros habrían señalado culpables, ella pidió serenidad; donde podría haber brotado el resentimiento, brotó la generosidad. 

Su mensaje fue un recordatorio de que la dignidad humana no se quiebra con los duros golpes de la vida, sino que puede fortalecerse hasta convertirse en ejemplo.

Habló de las víctimas con un respeto casi sagrado, como quien sabe que cada nombre es una historia, un hogar, un universo. Habló de sus familias con la delicadeza de quien también pertenece a ese círculo de dolor, y algo muy importante y atener en cuenta por creyentes o no, habló de Dios con la naturalidad de quien no pretende convencer, sino compartir la fuente de su fortaleza.

Para mi uno de los momentos más conmovedores de su intervención fue cuando evocó una enseñanza de su madre; contó que, siendo niña, le preguntó inocentemente:

Madre, ¿Cuánto ganas tú?Lo justo, respondió su madre.

La pequeña Liliana no entendió aquella respuesta. Y su madre, con la paciencia de quien educa desde el ejemplo, le explicó:

Lo justo para que podamos vivir nosotros… porque el resto es para los demás.

Esa frase, sencilla y luminosa, cayó en el polideportivo como una revelación.

 No era solo una anécdota familiar: era la raíz de la mujer que hablaba; era la semilla de su generosidad, la explicación íntima de su capacidad para transformar el dolor en servicio, la clave de su mirada limpia incluso en medio de la tragedia.

Debo confesar que, a mí personalmente y a mis ya 74 años de existencia y mucho salitre acumulado a través de mi larga vida marinera, después que ese instante, también como el resto de asistentes, me sentí “crecer por dentro”. Pocas veces una enseñanza tan profunda se expresa con tanta humildad.

Pero lo más admirable y no se me quita de la cabeza es que, ese mensaje no vino de una figura distante, sino de alguien que también sufrió, que también perdió, que también carga cicatrices y precisamente por eso, su intervención adquirió una dimensión casi trascendente; porque quien ha sido herido y aun así elige hablar de paz, engrandece a todos los que le escuchan.

Liliana Sáenz no solo honró a las víctimas: “nos honró a todos”

Nos recordó que la humanidad sigue siendo capaz de elevarse y que la fe puede sostenerte incluso en el abismo y que la generosidad no es ingenuidad, sino valentía moral.

Este artículo nace del deseo de que sus palabras no se pierdan; de que el eco de su mensaje siga resonando cuando el tiempo atenúe la conmoción y de que no olvidemos jamás, en Adamuz, hubo tragedia, sí… Pero también mucha grandeza.

Una grandeza que no vino de los focos ni de los cargos políticos, sino de una simple mujer que, desde su propia herida, nos mostró lo mejor de la condición humana.

Liliana Sáenz dignificó a las víctimas, consoló a sus familias y nos ofreció una lección que trasciende el accidente: la verdadera fortaleza no consiste en no caer, sino en levantarse sin perder la luz”.

Y por eso su discurso insisto que y merece ser recordado, releído y transmitido. 

¡Grande Liliana!

  Qué Dios te bendiga todos los días de tu vida, porque la humanidad en general necesita que existan personas como tú.

¡Qué cosas! 


Fdo. Julio César Gonzalewz Padrón

Marino Mercante y Escritor


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