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sábado, 17 de octubre de 2026

Mar salitre y gaviotas: ​De la forja al fondo del mar: memoria de la potala o garampín, el ancla olvidada de la pesca artesanal Por Joaquín Santana


 ​En los puertos y cofradías de nuestras costas, el progreso técnico ha ido jubilando en silencio utensilios que durante siglos fueron indispensables para la vida en el mar. Entre todos ellos, pocos encarnan tan bien el ingenio de la pesca tradicional como la potala (conocida también en diversas comunidades marineras como garampín u organpín). Este artilugio artesanal, hoy prácticamente desaparecido de las cubiertas de los barcos, representa una época en la que los marineros debían fabricar con sus propias manos y recursos mínimos los aperos necesarios para enfrentarse al océano.

​Una obra de ingeniería popular

​A diferencia de las anclas de acero homologadas y de producción industrial que conocemos hoy, la potala o garampín era fruto directo del reciclaje y de la destreza manual de los propios marineros:

  • ​El cuerpo central: Solía componerse de una piedra alargada o un cilindro pesado que actuaba como lastre principal, abrazado por varillas metálicas o armazones que lo sujetaban con firmeza.
  • ​Los ganchos o uñas: En su parte inferior, el garampín contaba con varias varillas curvadas —generalmente de hierro dulce— diseñadas para agarrarse con fuerza a los fondos rocosos o de cascajo (pedregales).
  • ​Su característica clave: El uso de un hierro maleable no era casualidad. Si el agarre se enrocaba en el fondo y amenazaba con enganchar la embarcación o romper el cabo, la fuerza ejercida desde la lancha doblaba las varillas, permitiendo recuperar la pieza sin perder el aparejo. Una vez en superficie, el marinero solo tenía que enderezar las uñas a martillazos para volver a faenar.

​El aliado de la pequeña escala

​La potala no estaba pensada para grandes cargueros ni para la navegación de altura, sino para la pesca de bajura o artesanal. Era la herramienta predilecta de las pequeñas lanchas de madera, botes de remo y embarcaciones dedicadas a artes fijas como el palangre, las nasas o la pesca a fondo.

​Su ligereza en comparación con el agarre que ofrecía permitía fijos precisos sobre caladeros muy concretos. En zonas de fuertes corrientes o mareas cambiantes, el garampín garantizaba que la embarcación se mantuviera inmóvil sobre la piedra exacta donde se concentraba el pescado.

​El declive y el salto a los museos

​La llegada de los motores de mayor potencia, el reemplazo de la madera por la fibra de vidrio en los cascos y la masificación de los fondeos de fundición y anclas modernas terminaron por acorralar a la potala. A finales del siglo XX, la disponibilidad de materiales metálicos económicos y el abandono progresivo de la herrería naval artesanal dictaron su sentencia definitiva.

​Hoy en día, la potala o garampín ya no araña los fondos marinos ni soporta el embate de las olas. Sus últimos ejemplares descansan colgados en las paredes de las cofradías, expuestos en museos marítimos o decorando las fachadas de antiguas casas de pescadores. Son el mudo testimonio de un tiempo en el que la supervivencia en el mar no dependía de la tecnología, sino de la sabiduría heredada y el respeto a la mar.

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