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viernes, 21 de agosto de 2026

HOMENAJE POSTUMO A MI AMIGO, COLEGA Y MAESTRO, CAPITAN MANUEL DAMÍA GUIMERÁ

 

Don Julio Marino Mercante


Por Julio César González Padrón

Hayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar.

Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo!

Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos.

Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar

Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”.

Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo.


“El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo”

Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa.

Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.


“Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos”

Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo.

 Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”.

Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá.


“Summer Side: cuando el océano se volvió piedra”

Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca.

El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía.

Allí estuvimos atracados un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.

 Target: la flecha que apareció en el hielo

Porque la mar, incluso cuando te congela, siempre guarda un rincón para la ternura.

En aquel puerto helado apareció “Target”. Guapa, joven, estudiante de medicina, con un nombre que en español sería Diana. Una flecha directa al corazón.

Fue un mes extraño, con hielo fuera y calor dentro. Un mes de paseos cortos, risas largas y conversaciones, que hoy, tantos años después, aún me acompañan como una brisa suave en la memoria.

Tuvo un bonito detalle que nunca olvidaré. El día de la despedida, pidió a la orquesta del selecto “Legionary Club”, donde solíamos ir prácticamente a diario, que tocaran para mí, el pasodoble “Isla Canarias”, que todavía me estoy preguntando de donde coño sacaría la partitura musical. 

Me sacó ella a bailar y allí en medio de la pista, danzamos con aquel entrañable pasodoble, que en palabras de los músicos “guiris”, era lo más bonito que habían interpretado en muchos años.

Ni que decir tiene, que los ojos se me llenaron de lágrimas que no pude retener, cuando escuchaba la música que me hablaba de Canarias, y al acabar el baile, los aplausos de los allí congregados, no se hicieron esperar.

Nunca supe más de ella. Pero la recuerdo. Supongo que hoy debe tener alrededor de 73 años, ejercerá cómo una gran médico, pues era una muy buena estudiante de medicina y además … ¡Excelente bailarina! Jajajajaja


 La línea Trump y el Capitán Guimerá: dos brújulas en mi vida

Aquel barco inglés hacia línea Trump, que no era política ni empresarial, sino marinera, pues “tramp”, en inglés, significa vagabundo”. Y eso éramos, auténticos vagabundos del océano, mercantes sin ruta fija, navegando hasta donde hubiera carga, y buenos fletes a través del mundo, amén de trabajo y muchas aventuras vividas.

Pero mi brújula verdadera, la que me enseñó a no perder el norte, fue el “Capitán Manuel Damiá Guimerá”.

Con él, aprendí entre otras tantas cosas, que la mar no se domina; se respeta. Que el miedo no se evita; se gobierna. Que un barco no es acero; es alma. Y que un capitán no es un cargo; es un ejemplo y que, al golpe de la ola, hay que ponerle pecho sereno. ¡GRANDE MANOLO!

Cuando la compañía me destinó a tierra como delegado en Las Palmas, supe que dejaba atrás más que un barco; dejaba un maestro.

Hoy, que ha zarpado hacia su última derrota, sé que la mar lo recibe como recibe a los suyos: con silencio, con grandeza y con una luz que solo ven los marinos.

“Las mareas que nunca bajan del todo”

El ciclón Ana, el hielo de Sumer Side, el rompehielos canadiense, Target, la línea Trump… Todo eso forma parte de mi derrota vital. Pero también forma parte de la suya, porque él, estuvo en cada paso que di para llegar a ser el marino que fui.

Este artículo es para él. Para su memoria. Para su ejemplo. Para su última travesía.

¡Buena guardia, Capitán Guimerá! Que la mar te sea leve y el horizonte, eterno.

Y no olvides a los que por aquí quedamos a la espera, de ser llamado un día por “el jefe Celestial”, porque nosotros tampoco lo haremos contigo.

De nuevo y siempre¡GRANDE MANOLO!

¡Qué cosas!


Fdo. 

Julio César González Padron

Marino Mercante y escritor


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