Luis Seco de Lucena
Opinión
Hay preguntas que uno hace sabiendo de antemano que la respuesta vendrá acompañada de una excusa. Esta es una de ellas: ¿me queréis decir por qué no leéis poesía?
No me digan que no tienen tiempo. Esa coartada ya está demasiado gastada. Tenemos tiempo para mirar el teléfono cincuenta veces al día, para discutir con un desconocido en una red social, para enterarnos de la vida sentimental de alguien a quien jamás hemos visto y hasta para contemplar durante varios minutos cómo un gato intenta meterse en una caja demasiado pequeña. Pero luego resulta que cuatro versos son una empresa de dimensiones homéricas.
Durante muchos años hemos repetido que la poesía estaba muriendo. Que ya no interesaba. Que pertenecía a otra época, quizá a aquellos tiempos en los que los libros ocupaban las estanterías del salón y uno podía citar un poema sin que nadie sospechara inmediatamente que estaba atravesando una crisis sentimental.
Y, sin embargo, la poesía sigue aquí. Es más: empiezan a leerla muchos jóvenes.
No sé si hemos reparado suficientemente en ello. Hay una generación que se acerca al poema sin pedir permiso, sin demasiados prejuicios y, sobre todo, sin necesidad de entrar por la puerta solemne de la literatura. Algunos llegan a través de un libro; otros, mediante una canción. Muchos descubren un verso en Instagram, TikTok o cualquier otra red social y, desde allí, terminan buscando al autor.
Los caminos del Señor son inescrutables y los del algoritmo, bastante más.
Confieso que durante algún tiempo miré con cierta desconfianza esa poesía de las redes. Versos brevísimos sobre fotografías, frases convertidas en pequeñas revelaciones sentimentales, poemas que caben enteros en una pantalla. Uno viene de otra escuela. Del papel, del lápiz en los márgenes, de regresar sobre una palabra hasta encontrarle el latido.
Pero quizá nos equivocamos si juzgamos el camino antes de saber adónde conduce. Porque si una persona joven encuentra un poema mientras desliza el dedo por la pantalla y ese poema consigue que se detenga, aunque sean treinta segundos, ya ha sucedido algo importante. En medio del ruido alguien ha conseguido colocar una silla. Y el lector se ha sentado. Eso también es poesía.
Naturalmente, no todo lo que aparece bajo la etiqueta de poema lo es. Como tampoco todo lo que se publica en un libro merece sobrevivir a la primera lectura. La imprenta nunca concedió talento por decreto y las redes sociales tampoco obran milagros. Hay poesía magnífica, mediocre y francamente olvidable. Ha ocurrido siempre. Lo único que ha cambiado es el escaparate.
Lo interesante es otra cosa. La poesía ha encontrado una rendija. Y por esa rendija están entrando lectores que probablemente jamás habrían cruzado voluntariamente la sección de poesía de una librería.
Me parece una noticia estupenda. Porque durante demasiado tiempo convertimos el poema en una especie de habitación cerrada. Le pusimos palabras difíciles, ceremonias, interpretaciones obligatorias y hasta cierto aire de club privado. A muchos estudiantes se les enseña a diseccionar poemas antes de enseñarles a disfrutarlos. Métrica, sinalefa, metáfora, hipérbaton, comentario de texto. Todo perfectamente clasificado.
Y el poema, mientras tanto, encima de la mesa, pidiendo que alguien simplemente lo leyera. Quizá por eso algunos salieron corriendo.
La poesía no debería necesitar salvoconducto. Se entra en ella como se entra en una conversación, en un recuerdo o en una casa conocida. A veces entendemos todo; otras, apenas una frase. Pero basta con que una palabra nos toque en el lugar adecuado para que el poema haya cumplido su cometido. Porque la poesía tiene una ventaja sobre casi todo lo demás: sabe decir mucho ocupando poco espacio.
Vivimos rodeados de palabras y, paradójicamente, cada vez nos cuesta más encontrar las que necesitamos. Decimos cientos de cosas cada día y muchas veces no conseguimos explicar que estamos solos, enamorados, asustados, cansados o felices.
Entonces aparece un poeta y escribe cuatro versos. Y uno piensa: demonios, era esto.
Eso explica que la poesía sobreviva. No porque sea útil en el sentido práctico del término. Un poema no arregla una tubería, no paga la hipoteca ni consigue que el coche arranque un lunes por la mañana. Pero hay días en los que tampoco necesitamos que nos arreglen el coche. Necesitamos que alguien nos arregle un poco por dentro. Y ahí la poesía continúa teniendo trabajo.
Las redes sociales, además, han provocado algo curioso. Nunca hubo tantos poetas visibles. Nunca fue tan sencillo publicar un texto y encontrar lectores a cientos o miles de kilómetros. Antes un poema podía permanecer años encerrado en un cajón esperando editor. Ahora puede atravesar medio mundo antes de que su autor termine el café.
Eso tiene sus riesgos, naturalmente. La inmediatez favorece la precipitación. Publicamos demasiado deprisa. Apenas dejamos reposar las palabras. A veces confundimos emoción con poesía y ocurrencia con verso. Pero sería injusto quedarse solamente con esa parte.
También existe una extraordinaria oportunidad. Un joven puede descubrir hoy un poema contemporáneo en su teléfono y mañana entrar en una librería buscando más. Puede empezar por un autor de su generación y acabar leyendo a Machado, Lorca, Aleixandre, Rosalía de Castro, Miguel Hernández o Ángel González. Una puerta conduce a otra.
La poesía siempre ha funcionado así. Un verso llama al siguiente. Y quizá ese sea el verdadero motivo para mirar el futuro con cierto optimismo. La poesía no está desapareciendo. Está cambiando de domicilio.
Antes vivía principalmente en los libros. Ahora también habita las pantallas, las canciones, los recitales, los vídeos, los pódcast y esas pequeñas ventanas luminosas que llevamos permanentemente en el bolsillo.
No es poca cosa. Eso sí, conviene no engañarnos. Hay más personas escribiendo poesía. Hay más jóvenes acercándose a ella. Hay más canales para compartirla y probablemente más lectores ocasionales de versos que hace unas décadas.
Pero la poesía continúa siendo minoritaria. Y quizá siempre lo sea. No pasa nada. Las cosas importantes no necesitan necesariamente multitudes. Un poema no aspira a llenar un estadio. Le basta con encontrar a una persona en el momento adecuado. Alguien que abra un libro, lea unos versos y permanezca unos segundos mirando al vacío porque algo acaba de moverse dentro.
Ese instante no aparecerá en las estadísticas de lectura. Pero cuenta. Claro que cuenta. Por eso, cuando alguien me dice que la poesía ya no interesa, suelo desconfiar. Puede que no ocupe los escaparates principales, que venda menos ejemplares que otros géneros y que siga viviendo en una esquina discreta de las librerías.
Pero está viva. Hay más poetas. Hay nuevos lectores. Hay jóvenes escribiendo, leyendo y compartiendo versos. Sigue siendo un territorio minoritario, sí, pero cada día alguien cruza su frontera por primera vez.
Así que vuelvo a la pregunta del principio: ¿Me queréis decir por qué no leéis poesía?
Cuidado con la respuesta. A lo mejor resulta que sí la estáis leyendo y todavía no os habéis dado cuenta.

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