Luis Seco de Lucena
Artículo de opinión
Gobernar puede ser tan fácil como saber donde hay que estar. Estar donde duele, donde faltan respuestas, donde la realidad desmiente los discursos y obliga a abandonar la comodidad del despacho, de la agenda o de las vacaciones. Ceuta es usada una vez más como elemento de chantaje por parte de Marruecos y, mientras ciudadanos, policías, sanitarios y organizaciones sociales sostienen como pueden una situación límite, queda una pregunta incómoda flotando sobre el Estrecho: ¿quién está dispuesto a dar la cara?
Hay fotografías que deberían interrumpir unas vacaciones. No porque el presidente del Gobierno tenga prohibido descansar. Tampoco vamos a exigirle el don de la ubicuidad, aunque la política moderna haya desarrollado cierta afición por atribuírselo cuando hay cámaras delante. Pero existen momentos en los que permanecer de vacaciones deja de ser una cuestión privada para convertirse en una imagen política. Y las imágenes, señor Sánchez, también gobiernan.
Las de menores durmiendo o deambulando por las calles de Ceuta resultan insoportables. No únicamente por lo que muestran, sino por lo que dicen de nosotros. España presume de fortaleza económica, de derechos sociales, de solidaridad y de capacidad institucional. Después llega la realidad, esa señora desagradable que nunca solicita audiencia, y coloca delante del escaparate a unos niños sin techo suficiente, sin protección adecuada y expuestos a peligros que ningún menor debería conocer. Entonces el discurso se queda desnudo. Y aparece la comparación.
Hace no tanto contemplamos en Granadilla, Tenerife, el despliegue político y mediático organizado alrededor del desembarco del Hondius. Ministros, responsables públicos, declaraciones, cámaras, gestos solemnes. La política tiene una fascinación casi adolescente por el objetivo de una cámara: donde aparece una lente, florece una autoridad.
Ahora Ceuta reclama atención. Y el silencio pesa. No se trata de pedir otra excursión ministerial para fabricar fotografías compungidas. Precisamente de eso estamos cansados. Se trata de exigir presencia, coordinación, medios y decisiones. Gobernar no consiste en acudir al incendio cuando sabemos que habrá televisión. Consiste en entrar en la casa cuando todavía está ardiendo. Lo demás es escenografía. Y la escenografía sirve para el teatro, no para proteger menores.
Las denuncias sobre menores en situación de extrema vulnerabilidad, la presión sobre los recursos disponibles y la desesperación de una población que lleva demasiado tiempo soportando las consecuencias de una frontera sometida periódicamente a tensión deberían provocar una reacción extraordinaria de las administraciones. Porque Ceuta no es una nota al pie del mapa. Ceuta es España.
Y cuando una parte del país pide auxilio, el resto no puede mirar hacia otro lado esperando que alguien resuelva el problema antes de que termine el desayuno.
Esa es precisamente una de las enfermedades de nuestro tiempo: la cobardía administrativa. Tiene traje, coche oficial y magnífica dicción. Nunca dice «no voy a hacer nada». Es mucho más sofisticada. Convoca una reunión, anuncia coordinación, constituye una comisión, solicita solidaridad a otras administraciones y, finalmente, espera.
Es la estrategia del náufrago egoísta que, en lugar de lanzarse al agua para salvar a quien se ahoga, señala dónde está el salvavidas para que lo recoja otro. Que dé la cara otro. Que reciba los reproches otro. Que tome la decisión incómoda otro.
Que pague el coste político otro. Y si finalmente todo sale mal, siempre quedará una competencia administrativa detrás de la cual esconderse.
La cobardía política rara vez huye corriendo. Ha aprendido modales. Retrocede despacio mientras explica que está avanzando. En Canarias conocemos demasiado bien estas escenas. Arguineguín permanece en la memoria de muchos isleños como una fotografía de la improvisación convertida en sistema. Vallas, hacinamiento, precariedad y aquella desagradable sensación de que nadie había previsto lo que llevaba meses advirtiéndose.
Por eso resulta inevitable observar determinadas soluciones improvisadas en Ceuta y preguntarse si realmente hemos aprendido algo: carpas, duchas, una playa. ¿Otra vez? ¿De verdad nuestra capacidad de respuesta continúa consistiendo en buscar unos metros cuadrados donde depositar provisionalmente el problema?
Ni Ceuta merece convertirse en un campamento improvisado ante los ojos de sus propios vecinos. Ni los migrantes merecen ser tratados como mercancía humana pendiente de distribución. Aquí aparece además una contradicción que conviene afrontar sin miedo. Defender la dignidad del inmigrante no significa renunciar al control de las fronteras. Exigir fronteras controladas tampoco significa carecer de humanidad.
Nos han obligado demasiadas veces a escoger entre dos caricaturas. O eres solidario o eres xenófobo. O reclamas control o aceptas cualquier situación. Es falso. Un Estado serio debe ser capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo: proteger sus fronteras y proteger a las personas. Precisamente porque posee fronteras, leyes, policías, jueces, servicios sociales y un Gobierno. De lo contrario, ¿para qué sirve el Estado?
La inmigración irregular no desaparece porque evitemos pronunciar determinadas palabras. Tampoco se resuelve con discursos inflamados ni convirtiendo al inmigrante en culpable universal de nuestras frustraciones. Se combate con política exterior, cooperación, inteligencia, vigilancia fronteriza, procedimientos ágiles, recursos suficientes y una distribución responsable de las cargas.
Y, sobre todo, anticipándose. Porque cuando llegan los menores a dormir en la calle ya hemos llegado tarde.
Mientras tanto, los vecinos de Ceuta observan cómo su ciudad vuelve a ocupar titulares por una crisis que ellos no han creado y que tampoco pueden resolver solos. Se les pide paciencia. Comprensión. Solidaridad. Curiosa palabra, solidaridad. Suele exigírsele con extraordinaria facilidad a quien soporta el problema y bastante menos a quien dispone de los medios para solucionarlo.
El egoísmo también sabe pronunciar discursos humanitarios. Incluso los pronuncia magníficamente. Lo difícil viene después: repartir responsabilidades, adoptar decisiones impopulares, enfrentarse diplomáticamente a quien corresponda, movilizar recursos, reconocer errores, suspender una agenda, regresar de vacaciones… Dar la cara.
Porque gobernar tiene una parte profundamente ingrata que ninguna campaña electoral suele mencionar: algunas veces toca aparecer precisamente donde uno preferiría no estar. Para las inauguraciones siempre sobran voluntarios. Para las fotografías agradables hay codazos. Para los éxitos aparecen padres, madres, padrinos y hasta parientes lejanos.
El fracaso, en cambio, siempre es huérfano. Y Ceuta no necesita ahora espectadores privilegiados contemplando desde lejos cómo otros sostienen la situación. Necesita instituciones presentes. Necesita decisiones. Necesita que quienes tienen competencias las ejerzan y quienes tienen responsabilidades las asuman. Porque hay una diferencia enorme entre gobernar un país y administrarlo desde la distancia.
Señor presidente, unas vacaciones pueden esperar. Un niño desprotegido, no. Ceuta tampoco.
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