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| Imagen del periódico las provincias |
Luis Seco de Lucena Moreno
Hoy escribo desde un lugar íntimo y agradecido. No desde la crítica, ni desde la crónica fría, sino desde quien fue espectador fiel y cómplice de una alegría compartida. La muerte de Fernando Esteso no es solo la despedida de un cómico popular; es la perdida de una presencia familiar que, durante décadas, entró en nuestras casas para regalarnos la risa franca.
Esteso fue, ante todo, una buena persona a la vista del público. Esa cualidad rara que no se aprende ni se ensaya. Se notaba en la mirada, en el gesto, en la forma de decir un chiste sin humillar, de exagerar sin crueldad, de reírse de sí mismo antes que de los demás. Su humor nada pretencioso, cumplía la más humilde de las misiones: acompañar. Acompañar tardes de cine, noches de televisión, conversaciones familiares que se recuerdan con una sonrisa.
Quienes crecimos viéndolo entendimos pronto que su talento no residía solo en provocar la carcajada, sino en generar cercanía. Esteso era “uno de los nuestros”. No el cómico distante ni el ingenio altivo, sino el vecino exagerado, el perdedor entrañable, el pícaro sin maldad. En tiempos en que el país aprendía a reconocerse a sí mismo, su figura ayudó a desdramatizar la vida cotidiana, a rebajar el peso de las preocupaciones con una risa compartida. Casi nada.
Recuerdo su arte como se recuerdan los momentos felices: sin precisión académica, pero con emoción intacta. Recuerdo reírme desde el cansancio, repetir frases, y esperar el siguiente estreno con ilusión. Recuerdo, sobre todo, la sensación de bienestar que dejaba después, como si durante un rato el mundo hubiera sido más llevadero. Ese es el verdadero triunfo del humorista: no la fama, no la taquilla, sino la huella invisible que permanece en la memoria afectiva de la gente.
Fernando Esteso dignificó la comedia popular con oficio y honestidad. Nunca renegó de su público ni de su estilo. Supo aceptar el paso del tiempo con serenidad, consciente de que había cumplido su tarea. Y la cumplió muy bien. Porque hacer reír es un acto de generosidad profunda y sostener esa risa durante décadas exige algo más que talento: exige humanidad.
Hoy al despedirlo, siento pesar, sí, pero también gratitud. Gratitud por los momentos regalados, por las risas que aún resuenan, por haber sido parte de nuestra educación sentimental sin proponérselo. Fernando Esteso se va, pero deja algo que no muere: el recuerdo de quien supo convertir la risa en un refugio. Y eso para un admirador, es motivo suficiente para decir gracias.

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