
María Vacas Sentís
¿Se imaginan tener que limpiar cada día treinta habitaciones de hotel, además de sus zonas comunes? ¿Se imaginan hacerlo en virtud de un contrato a tiempo parcial, cuando en realidad la jornada real se extiende por muchas más horas? ¿Se imaginan la carga física y psíquica que padecen estas mujeres, trabajando a destajo a cambio de migajas salariales, mientras sus patrones cotizan por ellas menos de lo que correspondería? ¿Se imaginan las mini-pensiones a las que tendrán derecho cuando sus cuerpos caigan rotos como árboles talados? ¿Se imaginan soportar tales prácticas abusivas, al tiempo que los ingresos turísticos y la ocupación hotelera baten record año tras año? Pues así son las condiciones de trabajo de las camareras de piso de los hoteles canarios, pese a que los ingresos turísticos en 2013 superaron los 12.500 millones de euros, y en 2014 el Archipiélago cosechó el mejor verano de su historia: ocho millones de turistas internacionales.
En casa, esta vulneración de derechos laborales sucede sin que la patronal del sector, ni su representante en el Gobierno canario, el ex gerente de la Asociación Hotelera (Ashotel), Ricardo de la Puente, consideren necesario regular las plantillas mínimas exigibles a los establecimientos en función de su categoría, para paliar los abusos cotidianos, propiciar la creación de empleo digno, estable y de calidad (en lugar de contratos por horas, o de formación a jóvenes cualificados), mejorando de paso los servicios prestados a los visitantes. La codicia desmedida puede matar a la gallina de los huevos de oro, aunque eso importe poco a quienes empollan huevos en otras cestas. Mientras tanto, seguirán conviviendo entre nosotros mujeres “esclavas” en el “paraíso”.
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