¿NOS HEMOS OLVIDADO DE ELLA?
“La guerra que el mundo ya casi no quiere mirar”
Por: Julio César González Padrón
Artículo de opinión
Mientras el planeta continúa saltando de crisis en crisis, Ucrania sigue desangrándose en silencio.
Oriente Medio monopoliza portadas. Las campañas electorales llenan horas de tertulia. Los escándalos políticos se suceden sin descanso. El deporte global entretiene a millones. Las redes sociales, siempre hambrientas de novedades, consumen tragedias con la misma rapidez con la que las olvidan. Y en medio de este torbellino informativo, parece que hemos decidido mirar hacia otro lado.
Como si la tragedia que se libra en el corazón de Europa fuese ya un episodio gastado. Como si la invasión rusa se hubiera convertido en una guerra vieja, un conflicto amortizado informativamente, incapaz de competir con los sobresaltos diarios de una actualidad que devora incluso el sufrimiento humano.
Sin embargo, mientras nosotros cambiamos de canal, Ucrania sigue enterrando a sus muertos.
“La guerra que ya no interesa recordar”
Parece que nos hemos olvidado de que la invasión rusa no es un conflicto congelado, ni una disputa territorial de difícil comprensión. Es una guerra injusta, unilateral, imperialista y profundamente destructiva. Una guerra que sigue provocando muerte, destrucción y desplazamientos masivos, pero la fatiga informativa ha hecho su trabajo. La tragedia se ha normalizado, y quizá ahí radique uno de los mayores triunfos de Vladímir Putin, y no en los kilómetros conquistados, en las ciudades arrasadas o en la propaganda, sino en haber conseguido que una parte del mundo empiece a considerar normal algo que jamás debería serlo.
“El macabro método Putin: destruir para dominar”
Putin ha comprendido que no necesita victorias rápidas ni espectaculares. Le basta con desgastar. Su estrategia consiste en agotar la resistencia ucraniana, sembrar el miedo, destruir infraestructuras, quebrar la moral de la población civil y esperar pacientemente a que el cansancio haga el resto. Si no puede conquistar, arrasa. Si no puede convencer, aterroriza. Si no puede obtener legitimidad, impone miedo; y mientras tanto, el mundo se acostumbra poco a poco al ruido de las sirenas, a las imágenes de edificios en ruinas y a la idea de que la guerra forma parte del paisaje cotidiano.
Pero lo más inquietante, es que seguimos escuchando hablar de hipotéticas negociaciones mientras continúan los bombardeos y los ataques contra ciudades e infraestructuras esenciales. Se anuncian contactos diplomáticos, se especula con posibles treguas y se suceden los análisis geopolíticos, pero la realidad sigue siendo tozuda: “millones de ucranianos continúan viviendo bajo la amenaza permanente de una guerra que parece no tener final cercano”, y nadie construye una paz verdadera, mientras continúe utilizando la destrucción como instrumento de presión.
“El sueño imperial que nunca murió”
Quien crea que la ambición de Putin termina en Ucrania no ha entendido nada. Su proyecto parece responder a una idea mucho más amplia: recuperar para Moscú una esfera de influencia semejante a la que ejerció durante los tiempos de la Unión Soviética y devolver a Rusia el protagonismo geopolítico que considera perdido tras el colapso del bloque soviético. Primero fue Crimea, y no pasó nada, después llegó Ucrania y buena parte del mundo ha terminado bostezando; pero … ¿Y mañana?
Los países bálticos, Moldavia, Polonia o cualquier otro territorio que el Kremlin considere parte de su perímetro histórico de influencia aparecen con frecuencia en los análisis de quienes observan con preocupación la evolución de esta guerra. No es paranoia plantearlo; es simplemente leer la historia, escuchar determinados discursos y observar determinados comportamientos. ¡Blanco y en botella! Porque a Putin se le vio la perica de “zar acomplejado” desde hace mucho tiempo.
“La amnesia moral de Occidente”
Occidente, mientras tanto, parece haber entrado en una preocupante amnesia moral. La guerra de Ucrania ya no es tendencia, pues ya no provoca grandes movilizaciones no ocupa portadas de manera permanente, no genera la misma indignación que despertó en sus primeros meses, y esa indiferencia resulta extraordinariamente peligrosa; porque Putin como el m ismo Lucifer, se alimenta precisamente de ella, y cada vez que Europa duda, él gana tiempo. Cada vez que la atención internacional se desplaza hacia otro conflicto, él encuentra espacio para seguir avanzando. Cada vez que la indignación se debilita, su estrategia obtiene un pequeño triunfo; y así ha logrado que la indiferencia se haya convertido en su mejor aliada.
“Ucrania no puede permitirse nuestro olvido”
La población ucraniana sigue pagando un precio insoportable, con ciudades destruidas, familias separadas, millones de desplazados, miles de muertos, generaciones enteras marcadas por el trauma de la guerra y, aun así, resisten, “y lo hacen con dos cojones”, porque saben que resisten y que no luchan únicamente por unas fronteras o por un territorio; luchan por su derecho a existir como nación libre. Luchan por su identidad. Luchan por su futuro. Pero por desgracia todos sabemos que, ningún pueblo puede resistir solo para siempre, y mucho menos cuando enfrente tiene una potencia nuclear con inmensos recursos militares y una paciencia estratégica aparentemente inagotable. Por eso debemos comprender: “que olvidar Ucrania no sería solamente una injusticia moral; sería un error estratégico de enormes dimensiones.”
Porque si algún día termina imponiéndose la idea de que la fuerza vale más que el derecho, que las fronteras pueden modificarse por la violencia y que la soberanía de los pueblos depende únicamente del poder militar de sus vecinos, entonces nadie podrá sentirse completamente seguro y la historia ya conoció episodios parecidos, además que también conoce las consecuencias de mirar hacia otro lado mientras los agresores avanzan. Parece que no aprendimos entonces todo lo que debíamos aprender y ahora cabe preguntarnos… “¿Vamos a repetir los mismos errores?”
“Una pregunta que sigue esperando respuesta” Ucrania no necesita únicamente armas, ayuda económica o declaraciones solemnes. Necesita algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más valioso: “que no la olvidemos, porque las guerras no siempre se pierden en el campo de batalla., a veces se pierden cuando desaparecen de nuestra conciencia, cuando dejan de indignarnos, cuando se convierten en una noticia más o simplemente cuando pasan a ocupar un lugar secundario en nuestras preocupaciones. Pero lo que sucede en Ucrania sigue importándonos y mucho más de lo que algunos creen, porque allí no se está decidiendo solamente el destino de una nación; se está poniendo a prueba un principio fundamental de nuestra civilización: “si el derecho prevalece sobre la fuerza o si la fuerza termina imponiéndose al derecho”. Por eso sigo preguntando: ¿Y Ucrania? ¿Dónde está Ucrania en nuestras conversaciones? ¿Dónde está en nuestros informativos? ¿Dónde está en nuestras preocupaciones? Porque mientras nosotros pasamos página, ellos siguen resistiendo, y porque el día que dejemos definitivamente de mirar hacia Ucrania, quizá descubramos demasiado tarde, que no era solo su libertad la que estaba en juego.
Y, para terminar, permítanme recurrir una vez más a la sabiduría popular canaria; la misma que tantas veces refleja con sencillez lo que otros necesitan cientos de páginas para explicar:
“Al rubio Putin se le vio la perica, las legañas y hasta el plumero imperial hace mucho tiempo. Lo preocupante no es que él siga siendo el mismo. Lo preocupante es que demasiados hayan decidido no mirar.
Porque ya saben ustedes cómo dice el refranero de esta tierra nuestra canaria: “cuando el fuego empieza en la linde del vecino, el prudente corre por agua; el necio espera a que las llamas lleguen a su puerta”.
Hoy las llamas siguen ardiendo en Ucrania y mañana, nadie puede asegurar dónde prenderán; y eso compadre, eso por desgracia, debería preocuparnos a todos. No podemos olvidar, que a lo largo de la historia… ¡Casos se han dado!
¡Qué cosas!
Fdo:
Julio César González Padrón
Marino Mercante y escritor

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