Luis Seco de Lucena
Artículo de opinión
Han pasado ocho años desde aquella moción de censura que, según nos dijeron, venía a regenerar la vida pública española. Ocho años. Una cifra suficiente para que un niño aprenda a leer, para que un vino adquiera cuerpo o para que una promesa política envejezca como un yogur olvidado al sol.
Aquel primero de junio de 2018 se presentó ante los españoles como una especie de cruzada moral. Los buenos cabalgaban contra los malos. Los paladines de la limpieza democrática desalojaban del poder a quienes habían sido señalados por una sentencia relacionada con la financiación irregular del Partido Popular. Una sentencia, conviene recordarlo, que ni siquiera era firme y que posteriormente fue objeto de revisión en aspectos sustanciales.
Pero la política española tiene la curiosa costumbre de parecerse a esos espectáculos de magia de feria donde el ilusionista señala con una mano mientras la otra vacía la cartera del público.

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