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sábado, 10 de enero de 2026

Venezuela: cuando el mundo decidió no mirar


Durante años, Venezuela no fue una noticia: fue un susurro incómodo. Algo que estaba ahí, pero que muchos preferían no escuchar. Un país entero desangrándose en silencio mientras el mundo seguía con su rutina, tapándose la nariz para no oler el tufo de una dictadura que se pudría a plena luz del día.

Hoy cae Nicolás Maduro. Y de repente, muchos descubren el Derecho Internacional, la legalidad, los principios. Llegan tarde. Muy tarde.

Porque mientras se discutían equilibrios geopolíticos y conveniencias diplomáticas, el pueblo venezolano sobrevivía como podía. No vivía: sobrevivía. Haciendo colas interminables para conseguir pan, medicinas o gasolina en un país que flota sobre petróleo. Madres eligiendo a cuál de sus hijos dar de comer. Ancianos muriendo sin insulina. Jóvenes huyendo a pie, cruzando fronteras con una mochila y una vida rota dentro. Eso fue Venezuela durante años.

Maduro no fue un presidente discutido: fue un usurpador. Perdió elecciones y se quedó. Se proclamó vencedor desde palacios custodiados por fusiles, no por votos. Y cuando la gente protestó, respondió como responden las dictaduras: con golpes, cárceles y miedo. Presos políticos, torturas, desapariciones. Calles tomadas por fuerzas de seguridad y por bandas armadas leales al régimen. El mensaje era claro: o te callas, o pagas. Y el mundo miró hacia otro lado.

Durante años se supo lo que ocurría. Se sabía que Venezuela se había convertido en una narco dictadura, donde el poder político y el crimen organizado caminaban de la mano. Se sabía que el régimen se sostenía por el miedo, por el dinero sucio y por la complicidad internacional de algunos. Se sabía… y no se hizo nada.

Hoy, algunos se rasgan las vestiduras. Hablan de soberanía, de normas, de líneas rojas. Los mismos que antes guardaban silencio mientras millones de venezolanos se marchaban al exilio. Los mismos que toleraron elecciones falsas, represión real y hambre verdadera. Los mismos que ahora se escandalizan, pero ayer callaban.

Pregunten al venezolano de a pie si le importan esos debates. Pregunten a quien enterró a un familiar sin medicinas. A quien cruzó medio continente caminando. A quien vio a su padre encarcelado por pensar distinto. A quien aprendió a vivir con miedo. Para ellos, el problema nunca fue jurídico. Fue humano.

La caída de Maduro no borra el sufrimiento, no devuelve los años robados ni resucita a los muertos. Pero deja una lección incómoda: cuando la comunidad internacional convierte los derechos humanos en discursos y no en acciones, termina siendo cómplice del dolor.

Venezuela no cayó de un día para otro. Cayó lentamente, ante la indiferencia global. Y hoy, cuando el dictador ya no está, convendría recordar a quienes pagaron el precio más alto: un pueblo entero abandonado mientras el mundo decidía no mirar.

Porque lo verdaderamente imperdonable no es solo la dictadura que oprime,
sino el silencio de quienes pudieron hacer algo… y no lo hicieron.

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