Tus labios no tocan:
despiertan.
Rozan los míos
como si supieran
el lugar exacto donde se esconde el alma,
y la nombran,
sin palabras.
No hay inocencia en este gesto.
Hay hambre.
Hay un incendio que empieza por la boca
y se arrastra, lento,
como una serpiente de fuego
por la piel que tiembla.
Tus manos no están,
pero las imagino
anudando el aire entre tu cintura y mi deseo.
No es un beso.
Es un pacto secreto,
un rito,
una entrega.
se abre el abismo
donde ya no pienso,
donde sólo existimos
tú y este roce
que deshace el mundo
hasta hacerlo gemido.

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