Cuando hoy paseo por las calles y contemplo las terrazas de bares y cafeterías con las mesas totalmente ocupadas, cuando observo grupos de mujeres y hombres compartiendo una copa, charlas y risas, me remonto a mi juventud, a aquellos años a los que a la mujer se la miraba como a un bicho raro o le colgaban un sambenito que no merecía.
Era la época donde todo, o casi todo, le era prohibido o estaba mal visto. Se nos prohibía ser titular de una cuenta en el banco, eso era privilegio del marido o del padre.
Esto me lleva a recordar las criticas que recibimos cuando se celebra el día de la mujer, las peores nos llegan de los hombres de mayor edad y, desgraciadamente, también de alguna que otra señora que aún piensan que el hombre es el dueño y señor de nuestras vidas.
Por eso es que hoy al ver la homogeneidad entre hombres y mujeres recuerdo los años en los que nuestro papel en la vida era trabajar fuera de casa y al regresar ponernos el delantal para hacer las tareas de la misma, mientras el marido se tumbaba a descansar por el trabajo realizado.
La lucha ha sido larga y dura pero ha merecido la pena, hoy podemos entrar a una cafetería o restaurante sin ser tachadas de “sabe Dios qué”
María Sánchez.

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