AUTOR: PEPE NARANJO

Subimos al barco. En la cubierta inferior, bajo techo, apenas hay espacio. Sacos de cebolla, cajas de cerveza (más de 5.000 botellines que Andrea de Georgio, compañero de viaje, se ha tomado la molestia de contar), bultos de todas las formas y colores, antenas parabólicas y trastos inverosímiles se amontonan dejando sólo huecos donde la gente se acomoda como puede. En la cubierta superior también se pelea por cada rincón. Estamos en el río Níger y viajamos hacia Tombuctú. De los 300 pasajeros que abarrotan el barco, ocho de cada diez son desplazados que vuelven a casa. Están contentos. Pronto volverán a escuchar el canto de Gorko Meiga, el muhecín de la mezquita de Djingayreber, se pasearán por las callejuelas de Sankoré o tomarán el té en Abarayu. Cuando zarpamos, cae el chaparrón. Si todo va bien, en dos días estaremos en la mítica y misteriosa ciudad de los 333 santos, el junco que supo doblarse durante la ocupación de los terroristas y que ahora pretende volver a ser lo que fue. Tombuctú nos espera. Sobre todo a ellos, a nuestros compañeros de viaje.



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