Aquella tarde desde que vimos la pareja que entraba nos dimos cuenta que nos iba a dar la tarde, él era un borrego, un gobernado, ella una espabilada, con más vuelo que una compañía de aviones, el siempre callado, hablaba cuando ella se lo permitía, y quien llevaba las pesetas era ella, el dicho las pesetas, empezaron con cerveza, y durante unas cuantas horas fueron muchas más cervezas, hasta que decidieron pasar a los cubatas, acompañado con pulpo a la gallega, papas arrugas y gofio escaldado, las horas pasaban y los cubatas se servía como si fuera una fiesta con barra libre, llego un momento que el señor dijo no quiero más, pero quien mandaba era ella, la borracha, tenía una chispa que no sabía cuál era su mano derecha, el pidió otro cubata y ya bebía muy despacio, pero muy despacio, han trascurrido como cuatro horas, ella siempre muy viva, descarada, confianzuda, y con la voz alta, cuando quiso ir al baño se tambaleaba, era la chispa tan grande que no pudo ni dar dos pasos, se volvió a sentar y al pasar un rato vimos cómo había agua en el piso, el señor se percató que ella se había orinado encima, pidió la cuenta y le insistió a ella que íbamos a cerrar el restaurante, ella estaba toda meada, todo el pantalón estaba mojado, en ese momento sentimos vergüenza de cómo una persona pueda llegar a esos extremos, la silla estuvo en cuarentena.
HAY QUE SABER BEBER, Y DISFRUTAR DE LO QUE BEBEMOS.

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