Luis Seco de Lucena
23/10/2026
Artículo de opinión
Los políticos necesitaban tener ideas para ganar unas elecciones. Después descubrieron que bastaba con un eslogan, besar a niños, una sonrisa de dentífrico y un asesor capaz de convertir cualquier disparate en una promesa electoral. Llegaron las redes sociales y aquello se transformó en un circo de tres pistas, con sus payasos, sus equilibristas y algún que otro domador de conciencias.
Ahora ha llegado la inteligencia artificial. Y, naturalmente, nuestros políticos han corrido a abrazarla. No sabemos si por admiración hacia los avances tecnológicos o porque han descubierto que existe una inteligencia que pueden utilizar sin necesidad de ejercitar la propia.
La cuestión tiene su gracia.
Imaginen a un candidato sentado frente al ordenador, preguntándole a la máquina cómo convencer a los ciudadanos de que su programa electoral es maravilloso. La inteligencia artificial, obediente y aplicada, le crea un video mostrando las presuntas vergüenzas de sus rivales. El candidato lo ve, sonríe satisfecho y exclama:
— ¡Esto es exactamente lo que yo pienso!
Milagro tecnológico. La máquina acaba de descubrir lo que su propietario quería expresar pero no tenía capacidad para hacerlo por sí mismo.
El espectáculo comienza con los vídeos virales. Ahí tenemos a nuestros representantes convertidos en superhéroes de Marvel, caballeros medievales o gladiadores romanos. Uno aparece volando sobre el Congreso; otro, derrotando dragones con una papeleta electoral; y un tercero, caminando sobre las aguas de la economía nacional.
No nos engañemos. Esta revolución tiene sus ventajas. La política necesita acercarse a los jóvenes, hablar su lenguaje y abandonar esos discursos interminables que producen más sueño que una sobremesa de agosto. Un vídeo ingenioso puede despertar curiosidad donde antes solo había indiferencia.
El problema comienza cuando el espectáculo sustituye al pensamiento, porque una cosa es utilizar la inteligencia artificial para comunicar mejor y otra muy distinta emplearla para fabricar una realidad alternativa, donde los errores desaparecen, las promesas incumplidas se evaporan y cualquier candidato puede parecer Churchill o un villano de comic. Aunque después, sin ordenador, tenga dificultades para explicar el precio de una barra de pan.
Y cuidado con los vídeos falsos. Hoy podemos ver a un político diciendo lo que jamás dijo o haciendo lo que nunca hizo. La tecnología permite maravillas, pero también convierte la mentira en una superproducción de Hollywood.
Lo preocupante no es que la inteligencia artificial termine sustituyendo a nuestros políticos, sino que algunos descubran que pueden prescindir definitivamente de pensar. Total, para prometer lo imposible y justificar lo injustificable, siempre habrá un algoritmo dispuesto a echarles una mano.
Mientras tanto, nosotros, los ciudadanos, seguiremos pagando la entrada de este circo electoral, contemplando cómo los mismos de siempre se disfrazan de superhéroes digitales para salvar una patria que, curiosamente, nunca termina de estar a salvo.
Porque, queridos lectores, la inteligencia artificial podrá fabricar videos virales, sonrisas, aplausos y hasta milagros electorales.
Pero hay algo que ninguna máquina podrá fabricar donde nunca lo hubo: inteligencia natural.
Y visto el panorama, mucho me temo que nuestros políticos seguirán necesitando la artificial.
No para ser más inteligentes, sino para que no se note tanto cuando dejan de pensar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario