Luis Seco de Lucena
27/10/2026
Hay días difíciles: los lunes, el de la resaca y el de ciertos dirigentes sindicales cuando el calendario electoral empieza a hacer ruido en la mesilla. Ocho años después, aparece la urgencia revolucionaria. Debía de estar al fondo del congelador, detrás de las cigalas.
UGT y CC.OO convocan huelga general para el próximo 11 de noviembre. Reclaman vivienda, salarios y derechos laborales, asuntos serios que merecen bastante más respeto que una pancarta utilizada como mantel de campaña. Porque uno observa el momento elegido y acaba preguntándose quién está realmente sentado en el banquillo: ¿el Gobierno que lleva años gobernando o la oposición que todavía no gobierna?
Nadie podrá negarles originalidad. La huelga preventiva contra el adversario constituye una aportación formidable al repertorio sindical. Antes se protestaba contra quien firmaba los decretos; ahora parece que conviene abuchear al que podría firmarlos. Es como devolver el pescado antes de que salga el barco.
Imaginen la escena, que es caricatura y no carta de restaurante. Una mesa solemne, rostros preocupados, silencio entre los comensales. El camarero anuncia que quizá haya cambios en la cocina presupuestaria. Alguien deja caer el tenedor. Otro protege el último langostino como si custodiara las conquistas del movimiento obrero.
—Compañeros, se avecinan tiempos duros.
—¿Despidos?
—Peor: incertidumbre en la carta.
Las gambas, entretanto, contemplan su futuro con moderado optimismo. Después de tantos años temiendo acabar bajo una servilleta, descubren que también ellas podrían beneficiarse de una alternancia. El percebe empieza a creer en la democracia. La nécora solicita protección internacional.
No puedo afirmar que las subvenciones expliquen esta convocatoria. Harían falta pruebas. Sí puedo preguntar cuánto pesa la cercanía al poder cuando llega la hora de señalar responsabilidades. La independencia sindical debería acreditarse precisamente cuando incomoda al Gobierno amigo, cuando obliga a levantarse de una mesa confortable y decirle al anfitrión que el marisco huele raro.
Porque fuera del chiste hay trabajadores que cuentan monedas, jóvenes que ya se conforman solo con una habitación y familias para las que comprar pescado ya exige deliberación. Esas personas merecen sindicatos exigentes todos los meses, también cuando no hay urnas a la vista. Su angustia no empieza cuando se anuncia una campaña electoral.
Ahí reside lo irritante: en esa impresión de despertador selectivo, de indignación con mando a distancia. Si la vivienda aprieta desde hace años, explíquennos la demora. Si los salarios no alcanzan, identifiquen responsabilidades sin consultar primero el color de la chaqueta.
Y si alguien teme que cambie el reparto de subvenciones, que defienda su utilidad con cuentas claras. Los trabajadores no necesitan adivinar qué hay debajo del mantel.
El 11 de noviembre veremos pancartas, discursos y puños levantados. Ojalá escuchemos también preguntas incómodas dirigidas a quienes tienen hoy capacidad de decidir.
Mientras tanto, en mi marisquería imaginaria, el camarero retira discretamente una bandeja.
—¿Se han terminado las gambas?
—No, señor. Están esperando el resultado electoral.
Y entonces sí: alarma general, reunión urgente y defensa numantina del crustáceo. Que una cosa es apretarse el cinturón y otra, compañeros, que nos reduzcan el diámetro del plato.
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