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miércoles, 28 de octubre de 2026

​Cuando las puertas no se cerraban con llave: el latido de los barrios de antes (Por Joaquín Santana)

 


​Hay aromas que no se evaporan con los años, por mucho que el tiempo insista en barrerlos. Si cerramos los ojos y dejamos que la memoria camine hacia atrás, es fácil volver a oler ese café recién hecho que el vecino de al lado te ofrecía casi sin mediar palabra, o el aroma a sancocho y asadero  que impregnaba la calle cuando tocaba arrimar el hombro para levantar el techo de una casa.


​Aquellos eran otros tiempos, una época en la que los barrios no eran meras alineaciones de edificios fríos y silenciosos, sino grandes familias extendidas donde la vida ocurría a pie de calle. ¿Quién no recuerda el trueque cotidiano? Si faltaba un poco de azúcar, sal o un chorrito de aceite, la solución nunca estaba lejos; bastaba con cruzar el quicio de la puerta o llamar al vecino de enfrente. Funcionábamos bajo una hermosa ley no escrita: cuando a ti te hacía falta, te ayudaban; cuando le hacía falta a él, tú estabas ahí.

​La solidaridad vecinal iba mucho más allá de un favor puntual. Era una red de seguridad humana y sincera. En aquellos años en los que las familias bregaban con estrecheces, sin la seguridad social de hoy en día, la vecindad obraba pequeños milagros cotidianos. Recuerdo historias donde, ante la falta de recursos, se llegaba a hacer pasar a un hijo por otro con el mismo apellido para que pudiera ser atendido por el médico. Se compartían las penas, las alegrías, los platos de comida improvisados y las manos dispuestas. Si alguien necesitaba echar una placa de hormigón o levantar unos bloques, allí se presentaba el vecindario entero con las herramientas al hombro,  sabiendo que el pago no sería en monedas, sino en hermandad, risas y un buen plato compartido al terminar la faena.

                                   

​Las tardes tenían otro ritmo. Las mujeres sacaban sus sillitas a la puerta de casa, puerta con puerta, 





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