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lunes, 26 de octubre de 2026

​El eco de los juegos de ayer: Reflexión sobre la infancia perdida y el choque digital Por Joaquín Santana


Hay recuerdos que no se borran porque están impresos en la piel y en la memoria. Quienes crecimos en décadas pasadas recordamos perfectamente cómo sonaba la puerta cuando los amigos venían a buscarnos a casa para salir. No había mensajes de texto ni avisos previos; bastaba un silbido, un grito desde la calle o un par de toques en la puerta para saber que la tarde empezaba.

Nuestra infancia se medía en rodillas rascadas, partidos de fútbol improvisados en cualquier esquina, carrereras en bicicleta, el zumbido de un trompo girando en la tierra o la ilusión de ver una cometa elevarse contra el viento. El campo, la playa y las calles de tierra eran nuestros verdaderos escenarios de juego. La mente se ocupaba de forma sana, activa y en constante contacto con la naturaleza y con los demás.



​De la plaza a la pantalla

​Hoy en día, el panorama es radicalmente distinto. Al caminar por los parques o mirar los puntos de encuentro de la juventud actual, el silencio a menudo reemplaza a las risas desbordadas. Grupos de jóvenes se reúnen, sí, pero la atención de cada uno está atrapada en el brillo de una pantalla de móvil o tablet.

La tecnología, que prometía conectarnos a todos, ha terminado por aislar a muchos en mundos individuales. El juego físico y comunitario ha cedido su espacio a una hiperconexión digital que, paradójicamente, genera más soledad y ansiedad. Las pantallas ofrecen a menudo contenidos cargados de inmediatez y violencia, dejando muy poco espacio para la tranquilidad mental, la pausa y el descanso psicológico que disfrutamos los más mayores durante los primeros años de vida.


​La transformación del acoso: Del día a día al entorno digital

​El acoso o bullying no es una invención moderna; siempre ha existido. Sin embargo, la naturaleza del problema ha cambiado por completo. Antiguamente, los conflictos infantiles surgían, se daban en el patio o en la calle, y en la mayoría de los casos se resolvían en el día. Al volver a casa, la puerta se cerraba y el hogar era un refugio seguro donde encontrar paz.

​Con los adelantos tecnológicos, el acoso ha salido de las aulas para instalarse directamente en el bolsillo de los jóvenes. Hoy el cyberbullying no descansa: persigue a través de las redes sociales las 24 horas del día, amplificado ante cientos o miles de espectadores virtuales. Lo que antes era un episodio pasajero, hoy se complica y distorsiona, afectando gravemente la salud emocional de los jóvenes.

​Un legado que parece una leyenda

​Existe una sensación melancólica en quienes vivimos aquella época: la certeza de que las nuevas generaciones difícilmente comprenderán la riqueza de esa infancia sencilla. Al contarles cómo nos divertíamos con un simple trozo de cuerda, un balón desgastado o una tarde entera explorando en la tierra, sus miradas suelen reflejar incredulidad. Para ellos, acostumbrados al estímulo inmediato de un algoritmo, parece una historia de ficción.

​Por desgracia, hay experiencias que hoy se han perdido. Nos queda la tarea de transmitir ese espíritu, recordando que la verdadera amistad, la calma mental y la alegría sincera no necesitan batería ni conexión a red, sino ganas de compartir y vivir el mundo real.

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