Cuando el equipo conjunto hispano francés, integrado por agentes del Servicio de Información de la Guardia Civil (SIGC) y de la Dirección General de Seguridad Interior (DGSI), inició, hace seis meses, la que se denominaría «Operación Descubrimiento», no sabían que habrían de tomar más precauciones con los cazadores y los perros de la zona de Carlepont, donde vigilaban un zulo de ETA con abundantes armas, que con los propios miembros de la banda si se presentaban en el lugar.
Pero el dispositivo de vigilancia había sido posible gracias a las pistas obtenidas en julio de 2015, con la «operación Tonel». En un servicio conjunto, también de la Guardia Civil y de la DGSI, fueron detenidos los miembros de la banda Javier Goyenechea y José Iñaki Reta, el primero de los cuales era el responsable del «aparato técnico-logístico». Esta operación conjunta entre la Guardia Civil y la DGSI francesa representa la primera actuación policial contra una de las estructuras más jóvenes de la banda terrorista ETA, su departamento técnico-logístico.
Estos individuos se escondían en una vivienda unifamiliar de la localidad de Ossès, en el Departamento de Pirineos Atlánticos (64). El 20 de julio de 2014, las páginas web de los diarios «Gara» y «Naiz.info» publicaron un comunicado de ETA en el que anunciaba que estaba realizando una reestructuración interna, que contemplaba el desmantelamiento de su entramado «logístico-militar», la creación de una nueva rama «técnico-logística», encargada del sellado de sus depósitos de armas y el reforzamiento de su aparato político; todo ello, sin suprimir las estructuras necesarias para su funcionamiento interno.
«Almacenes centrales»
Lo que no decían, por lógica, ambas publicaciones ni el comunicado era el nombre de los responsables de estos entramados y que, en todos los casos, incluido el máximo cabecilla de la banda, Mikel Irastorza, procedían de EKIN, el «comisariado político» de ETA. Tampoco señalaban la escasa o nula experiencia operativa que tenían para vivir en la clandestinidad. Como consecuencia de ello, las medidas de seguridad que adoptaban tanto a nivel personal como para proteger los documentos internos de la organización criminal distaban muchos de ser indescifrables. Los agentes hispano galos no desaprovecharon la oportunidad que se les presentaba y obtuvieron valiosos datos para ser cruzados con otros que ya se poseían y, en este caso, llegar hasta el emplazamiento del zulo de Carlepont.
Los servicios de información sabían que en 2004 ETA había renunciado a los «grandes santuarios» o «almacenes centrales» en los que esconder armas, explosivos, documentos y dinero. Habían optado por los zulos tácticos o estratégicos, diseminados por toda la geografía gala, lo que, en opinión de los cabecillas de entonces, daba una mayor operatividad a la organización criminal. Una cosa era la teoría y otra poner en manos de los inexpertos pistoleros provenientes de EKIN todo este entramado que requiere para controlarlo una gran experiencia en la vida clandestina y el mantenimiento de unas medidas de seguridad que no se aprenden en un día. La «operación Tonel» formaba parte de las investigaciones que la Guardia Civil desarrolla sobre las estructuras clandestinas de ETA y suponía otro importante paso hacia el desmantelamiento definitivo de las mismas. Uno de los responsables de esta operación y la que se desarrolló días pasados ha manifestado a LA RAZÓN que «ETA debe convencerse de una vez que si no entrega las armas se las quitará la Guardia Civil, más temprano que tarde». Lo primero que interiorizaron los agentes al llegar hasta el zulo de Carlepont es que se iban a enfrentar a un trabajo que iba a conllevar muchos sacrificios. Era prácticamente imposible pasar inadvertido si se quería vigilar el lugar desde una distancia que permitiera observar la entrada o salida de alguna persona; hubo que optar por los citados turnos semanales y tener preparados unos emplazamientos que permitieran a los agentes quedar materialmente enterrados bajo tierra si era necesario (y no fue una vez, ni dos, sino muchas más).
Por si eran pocas las dificultades, apareció una con la que no se contaba y que, además, constituía un auténtico peligro: los cazadores, de gatillo fácil, prestos a disparar si creían adivinar el movimiento de una pieza entre la maleza, y sus perros que con su olfato podían detectar a los agentes en cualquier momento. Hubo ocasiones, según el citado responsable, en que los proyectiles, postas o perdigones silbaron por encima de la cabeza de los vigilantes que, con sistemas que no se pueden revelar al ser operativos, lograron que los perros no se acercaran hasta su emplazamiento y denunciaran su presencia allí.
fuente : http://www.aprogc.es/la_guardia_civil/detalle/Semienterrados_una_semana_para_vigilar_el_zulo_de_ETA

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