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domingo, 30 de agosto de 2015

Ultrajes al mar de Aral







El mar de Aral fue durante miles de años una de las masas de agua interiores más grandes del planeta. Su decadencia sirve hoy de moraleja para el futuro.
Por Mark Synnott
El apocalipsis, la destrucción total del mundo, es esto –dice Yusup Kamalov, abarcando con un gesto de la mano el desierto punteado de matojos que se extiende ante nosotros–. Si algún día llega el Armagedón, las gentes de Karakalpakistán seremos los únicos supervivientes, porque ya lo estamos viviendo.»
El paisaje que oteamos desde este risco arenoso del norte de Uzbekistán podría ser el de cualquier desierto del mundo… si no fuese por las acumulaciones de conchas y la media docena de pesqueros varados que se oxidan sobre la arena. En su día este promontorio fue el extremo de una península que se adentraba en el mar de Aral, mar que hasta la década de 1960 ocupaba el cuarto puesto en la lista de masas de agua interiores más grandes del mundo, cubriendo un área de unos 67.000 kilómetros cuadrados. A nuestra espalda está la ciudad de Muynoq, antaño una próspera población pesquera con una gran fábrica de conservas que hasta entrados los años ochenta enlataba miles de toneladas de pescado al año. Hace 50 años la costa meridional del mar de Aral estaba justo donde nos hallamos ahora; hoy se sitúa 90 kilómetros al noroeste.
Kamalov me ha traído aquí para mostrarme lo que queda del que en su día fue un mar rebosante de vida. Tiene 64 años y es investigador en energía eólica de la Academia de Ciencias de Uzbekistán, amén de activista medioambiental: preside la Unión por la Defensa del Mar de Aral y el Amu Darya. Corpulento, con una espesa mata de cabello cano, Kamalov desciende de una influyente familia uzbeka: su padre fue un historiador de renombre en la época soviética; su abuelo, el último kan –o jefe– electo de la república semiautónoma de Karakalpakistán antes de que en la década de 1930 esta se integrase en la República Socialista Soviética Uzbeka.
En su país aún no hay ni una sola planta eólica, pero eso no empaña el entusiasmo de Kamalov por el campo profesional que ha elegido. Su obsesión con el viento lo ha llevado a construir dos alas delta con las que se lanza desde un pico para comprender mejor las corrientes de aire.
«Quiero conocer el viento como lo conoce un pájaro», dice. Sin embargo, sus intereses incluyen todas las facetas del medio ambiente en general, y hoy ha hecho un alto en sus investigaciones para mostrarme lo que resta de lo que en otro tiempo fue una colosal masa de agua llena de vida y –una estampa todavía más perturbadora si cabe– lo que hoy ocupa su lugar.
El mar de Aral, situado en la frontera entre Kazajistán y Uzbekistán, recibió durante milenios las aguas de dos grandes ríos, el Amu Darya y el Syr Darya. Al ser un lago endorreico, mantenía su nivel de agua gracias al equilibrio natural entre los aportes hídricos y la evaporación.
Cuando Alejandro Magno conquistó este territorio en el siglo IV a.C., ambos ríos tenían una larga historia como arterias vitales de Asia Central. Durante siglos el mar de Aral y sus vastos deltas sustentaron un archipiélago de asentamientos paralelos a la Ruta de la Seda, que conectaba China con Europa. Las antiguas poblaciones de tadzhik, uzbekos, kazajos y otras etnias llevaban una próspera existencia como agricultores, pescadores, ganaderos, mercaderes y artesanos.
Todo cambió cuando a principios de los años veinte la República Socialista Soviética Uzbeka se integró en el naciente imperio soviético y Stalin decidió transformar sus repúblicas centroasiáticas en gigantescas plantaciones de algodón. Pero el clima árido de esta zona no se presta al cultivo de una especie tan ávida de agua, así que los soviéticos emprendieron una de las obras de ingeniería más ambiciosas de la historia universal: cavar a pico y pala miles de kilómetros de canales de riego para llevar agua del Amu Darya y el Syr Darya al desierto circundante.
«Hasta principios de los años sesenta el sistema era bastante estable», me explicó Philip Micklin por teléfono. Profesor de geografía de la Universidad de Michigan Occidental, Micklin  ha dedicado su carrera a estudiar los problemas de la gestión del agua en la extinta Unión Soviética y desde principios de la década de 1980 ha estado unas 25 veces en Asia Central. Con los años ha visto con sus propios ojos cómo desaparecía el mar de Aral. «Cuando en la década de 1960 añadieron aún más canales de riego, aquello fue la gota que colmó el vaso –dijo–. De pronto el sistema dejó de ser sostenible. Ellos sabían lo que hacían, pero no preveían el alcance de las consecuencias ecológicas de sus acciones ni la rapidez con que se esfumaría el mar.»
En 1987 el mar de Aral registraba ya una importante pérdida de nivel y se había escindido en dos masas de agua: una al norte, en territorio de Kazajistán, y otra más grande al sur, en Karakalpakistán. En 2002 el mar meridional se redujo tanto que a su vez se dividió en dos partes, la oriental y la occidental. El pasado mes de julio el mar oriental se secó por completo.
El único punto de luz en esta historia de sombras es la reciente recuperación del mar septentrional. En 2005, con financiación del Banco Mundial, los kazajos completaron una presa de 13 kilómetros en la costa sur del mar de Aral norte, creando así una masa de agua totalmente independiente alimentada por el Syr Darya. Desde el represamiento, el mar septentrional y su pesquería se han recuperado con mucha más rapidez de lo esperado, pero a cambio de privar al mar meridional de una de sus fuentes de agua más crucial, sentenciándolo a muerte.
«Lo más triste y frustrante de la tragedia del mar de Aral es que los altos cargos soviéticos del Ministerio del Agua encargados de diseñar los canales de riego sabían perfectamente que lo estaban condenando», afirma Kamalov.
Entre 1920 y 1970 las autoridades competentes citaban al climatólogo más famoso de Rusia, Aleksandr Voeikov, quien una vez se refirió al mar de Aral como un «evaporador inútil» y un «error de la naturaleza». Dicho sin ambages, la ciencia soviética del momento alegaba que las cosechas eran más valiosas que el pescado.
Hoy sigue cultivándose algodón. Cada otoño, unos dos millones de los 29 millones de ciudadanos uzbekos se «ofrecen voluntarios» para recoger una cosecha de 3.000 millones de kilos. El país casi se paraliza mientras funcionarios, estudiantes, maestros, médicos y hasta jubilados son llevados en autobuses hasta los campos.
«Uzbekistán es uno de los pocos países del mundo en los que nos consta que el propio Gobierno organiza e impone trabajos forzados. El propio presidente hace de traficante en jefe», afirma Steve Swerdlow, director de la oficina de Human Rights Watch en Asia Central.
«Imagínese –dice Kamalov, girándose para mirarme desde el asiento delantero de nuestro Land Cruiser–. Hace 40 años aquí mismo el agua tenía 30 metros de profundidad.»
El chofer señala a través del parabrisas una densa nube parda que recorre el desierto. En cuestión de segundos nos engulle un polvo nocivo que penetra en el vehículo. El polvo me irrita los ojos, y en la boca puedo notar una penetrante salinidad que al momento me causa náuseas.
Este remolino es una de las muchas consecuencias ecológicas que los planificadores soviéticos no predijeron. «Los geoquímicos creían que conforme se secase el mar, se formaría en la su­­perficie una dura capa de cloruro sódico que im­­pediría las tormentas de sal –explica Micklin–. Craso error.» El polvo, además de presentar niveles tóxicos de cloruro sódico, está cargado de pesticidas que han permeado todos los eslabones de la cadena trófica.
En Karakalpakistán la tasa actual de cáncer esofágico es 25 veces superior a la media mundial. La tuberculosis multirresistente a los fármacos constituye un problema grave, y las enfermedades respiratorias, el cáncer, los defectos congénitos y las patologías inmunológicas están a la orden del día.
Quizá más terrorífica sea la revelación de que el mar de Aral albergó en su día un centro secreto donde los soviéticos probaban armas biológicas. Situado en la isla de Vozrozhdeniya –que hoy, con el mar desaparecido, ha perdido su carácter insular–, el centro era el principal campo de pruebas del Grupo de Guerra Microbiológica del Ejército soviético. Miles de animales eran enviados a la isla para someterlos a los efectos del ántrax, la viruela, la peste, la brucelosis y otros agentes biológicos.
El Departamento de Estado de Estados Unidos, temiendo que los herrumbrosos barriles de ántrax cayesen en manos indebidas, envió un equipo de limpieza en 2002. Desde entonces no se han detectado agentes biológicos en el polvo, pero en la región circundante se registran brotes esporádicos de peste.
Mientras avanzamos en nuestro viaje hacia el mar, dejamos atrás decenas de pozos de petróleo y de gas natural que jalonan el que de otro modo sería un desierto infinito de arena descolorida, completamente llano. Según Kamalov, los pozos comenzaron a surgir en cuanto el mar inició su retroceso, y cada año se perforan más. «Huelga decir que desincentivan cualquier proyecto gubernamental que pudiese traducirse en la recuperación del mar», añade.
Durante horas traqueteamos por pistas de tierra con roderas. Aparte de la arena blanca y el cielo azul, no distingo más colores que el verde de algún arbusto perdido y, muy de vez en cuando, el rosa de las flores de un taray.
Por fin riela en el horizonte una línea plateada, que se agranda hasta que llegamos a un campamento chino de varias yurtas montadas al borde del mar. Sus ocupantes han venido a recoger Artemia parthenogenetica, un pequeño crustáceo de agua salada, el único organismo que sobrevive en este lugar. Cuando el Aral estaba sano, sus aguas eran salobres, con una salinidad de 10 gramos por litro (en los océanos oscila entre 33 y 37 gramos por litro). Hoy la salinidad supera los 110 gramos por litro: no hay pez que la resista.
Cerca de la orilla la arena lodosa está mojada, como una playa durante la bajamar. Pero en el Aral no hay mareas perceptibles, todo lo que vemos es el mar retrocediendo a ojos vistas.
«Haga lo que haga, ¡no se pare!», me grita Ka­­malov mientras avanza por unas arenas movedizas en las que se hunde hasta las rodillas. Yo lo sigo con paso dificultoso hasta que el agua me llega a media pierna. Intento nadar, pero mis piernas flotan en la superficie y no puedo patear. «Haga el muerto», me dice. Obedezco. Siento como si estuviese sobre una colchoneta. Apenas se me hunde el cuerpo.
Esa noche acampamos en la meseta. Sentado sobre una alfombra persa, la mirada perdida hacia el mar, Kamalov sirve unos vasos de vodka.
Cuando el mar estaba sano y los pescadores surcaban sus aguas fértiles, la humedad se evaporaba del lago. «En vez de vapor de agua en la atmósfera, ahora tenemos polvo tóxico», dice Kamalov, y echa un trago de vodka con una expresión sombría dibujada en el rostro ajado.
Los cinco «Stan» (Uzbekistán, Turkmenistán, Kazajistán, Kirguizistán y Tadzhikistán) nacidos tras la disolución de la Unión Soviética se han visto con frecuencia en la tesitura de conciliar intereses contradictorios en la gestión de su recurso más preciado. Para complicar más las cosas, el Amu Darya y el Syr Darya recorren varios países, cada uno de los cuales reivindica la propiedad del agua que fluye por su territorio. Con la esperanza de cooperar para solucionar la escasez crónica de agua que padece Asia Central, los Stan fundaron en 1992 la Comisión Interestatal de Coordinación Hidrológica. Sus debates tienden a girar en torno a dos cuestiones: de quién es el agua y qué responsabilidad tienen los países del curso alto de proteger los recursos hídricos en beneficio de los países del curso bajo.
En el caso del mar de Aral, los habitantes de Karakalpakistán, una de las regiones más pobres de Uzbekistán, no parecen tener ni voz ni voto en lo que ocurre río arriba con el agua del Amu Darya, reclamada por otros países. «Es discriminación por motivos geográficos –dice Kamalov–. El agua pertenece al Aral.»
Todos los expertos que entrevisté predijeron que ni nosotros, ni nuestros hijos, ni nuestros nietos verán reinundada la parte uzbeka del mar de Aral. Kamalov parece haberse resignado.
Detesta la política que está aniquilando el mar de su patria, pero confiesa que cuando llegue la cosecha otoñal del algodón dentro de unas se­manas, cumplirá con su servicio a la nación tal y como lleva haciendo 50 años. (Según Swerdlow, que dirigió la delegación de Human Rights Watch en Uzbekistán hasta que el Gobierno expulsó a la ONG a finales de 2010, si Kamalov no se «ofreciese voluntario», podrían despedirlo o detenerlo.) «Nadie se libra –apunta Kamalov–. Ya tengas 90 años, seas tuerto y te falte una pierna, tienes que recoger algodón.»
Con cierta aprensión sobre si debo publicar o no los sinceros comentarios de Kamalov, le pregunto de nuevo si quiere hacerlos públicos. «En Karakalpakistán todos tenemos miedo de Tashkent –responde, refiriéndose a la capital uzbeka–. Y, sinceramente, estoy harto.»
fuente : http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/10454/ultrajes_mar_aral.html#gallery-12

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