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| Julio González |
(REFLEXIÓN PERSONAL)
Por Julio César González Padrón
Artículo de opinión
Existe una delgada línea entre la obediencia y la conciencia. Hay principios que no se eligen; se heredan. Algunos llegan como un consejo amable, otros como un mandato moral que se incrusta en la identidad. “Mi honor me prohíbe realizar acciones que la ley, las normas o mi religión permiten”, es uno de esos principios que no se reclaman; se viven. Y vivirlos tiene un precio.
Quien ha trabajado como ha sido mi caso, en entornos jerárquicos —la mar, la empresa, la administración— conoce bien la tensión entre obedecer y pensar, entre cumplir órdenes y cumplir con uno mismo. No es una tensión teórica; es una grieta que se abre en la vida real, en decisiones concretas, en momentos en los que uno debe elegir entre la comodidad de la obediencia o la incomodidad de la integridad moral.

























