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domingo, 5 de julio de 2026

Los pactos. Sin líneas rojas

 

Así lo pienso, así lo digo

Luis Seco de Lucena

Artículo de opinión


La política presumía de tener principios. Luego llegaron los estrategas, los expertos en geometría parlamentaria y los fabricantes de eufemismos. Desde entonces, los principios no desaparecen: simplemente cambian de nombre. Ahora se llaman “contexto”, “responsabilidad institucional” o, mi favorita, “cambio de ciclo”. Qué inventiva tiene el lenguaje cuando el poder anda buscando alojamiento.

La democracia obliga a pactar cuando las urnas no entregan mayorías suficientes. Eso no debería escandalizar a nadie. Pactar forma parte del juego parlamentario. El problema nunca ha sido el verbo, sino el complemento directo. Porque no es lo mismo compartir un paraguas bajo la lluvia que vender la casa para comprar el paraguas.

La fragmentación política ha llenado el hemiciclo de siglas, familias ideológicas y tribus que hace apenas unos años parecían destinadas a no cruzarse ni en el ascensor. La aparición de fuerzas cada vez más radicales ha convertido el Parlamento en una especie de mercadillo persa donde todo parece negociable, siempre que el precio incluya unos cuantos escaños.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿con quién se puede pactar?

Durante décadas la respuesta parecía sencilla. Existían líneas rojas. Eran imperfectas, discutibles y, en ocasiones, hipócritas, pero estaban ahí. Eran como esos quitamiedos de una carretera de montaña: nadie los aplaude, pero uno agradece descubrir que existen cuando el coche empieza a derrapar.

Hoy el paisaje ha cambiado. Las líneas rojas han sido sustituidas por una goma de borrar. Se dibujan por la mañana y se eliminan por la tarde si los números no cuadran. Lo que ayer era inadmisible, hoy recibe el nombre de “normalidad democrática”. La coherencia ha terminado convertida en un artículo de lujo, reservado para quienes no aspiran a gobernar.

El sanchismo llevó esa elasticidad política hasta un territorio desconocido. Los acuerdos con los herederos políticos de una banda terrorista, los pactos con dirigentes independentistas huidos de la Justicia a cambio de medidas de gracia y el apoyo constante de la extrema izquierda marcaron un punto de inflexión. Para unos fue una demostración de pragmatismo; para otros, el momento en que la frontera entre lo posible y lo impensable quedó reducida a una simple raya escrita sobre la arena antes de subir la marea.

La política empezó entonces a parecerse a un circo donde el contorsionista ya no asombra porque consiga doblarse, sino porque logra hacerlo sin romperse la sonrisa. Cada concesión encontraba una explicación solemne. Cada rectificación era presentada como una virtud. Cada renuncia se envolvía con un lazo institucional para que pareciera un acto de Estado y no una necesidad aritmética.

Lo verdaderamente curioso es contemplar ahora cómo algunos descubren de repente un catálogo de incompatibilidades que hace muy poco consideraban antiguallas. Se escandalizan con pactos que, comparados con los precedentes recientes, parecen partidas de dominó entre vecinos. Resulta difícil vender indignación después de haber convertido el listón en una alfombra.

La política necesita acuerdos. Los necesitará siempre. Nadie debería demonizar el pacto como herramienta de gobierno. Lo que sí merece debate es el precio de esos acuerdos y el lugar donde cada cual decide colocar sus límites. Porque cuando todas las puertas están abiertas, también entra el viento que acaba llevándose los muebles.

La metáfora es sencilla. Si uno derriba el dique para que pase su propio barco, no puede protestar después porque naveguen los demás. Quien convierte todas las excepciones en norma acaba descubriendo que la norma deja de existir.

Y esa es, probablemente, la mayor herencia política de estos años. Los pactos del sanchismo han borrado tantas fronteras que hoy resulta muy difícil levantar el dedo acusador contra los pactos de otros. Cuando se han eliminado todas las líneas rojas, el mapa deja de tener colores. Solo queda el poder… y una goma de borrar cada vez más gastada.


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