Un fin de semana es lo mínimo que se puede pedir para conocer esta ciudad vasca, señorial pero sin pretensiones, enclavada en una bahía mítica, con una gastronomía apabullante y una agenda cultural efervescente.


Es imposible no sucumbir al sortilegio de esta «urbe hechicera»como la definió Fernando Savater, filósofo y donostiarra de pro. Sin necesidad de artificios, le basta con el esplendor de su belle époque, la historia de su Parte Vieja, la genialidad de su cocina y la belleza de su bahía para encandilar al más escéptico.
La playa de la Concha
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