Luis Seco de Lucena
4/10/2026
Por fin Felipe VI visitará Ceuta y Melilla. Ya era hora. Para llegar a dos ciudades españolísimas parecía necesario atravesar un campo de minas diplomáticas, consultar el horóscopo de Rabat y comprobar si Mohamed VI había desayunado satisfecho. Hay viajes que requieren pasaporte; este parecía necesitar un certificado de buena conducta expedido por el vecino.
Los Reyes estarán allí los días 13 y 14 de octubre. Después de la invasión y del miedo vivido en Ceuta, la visita tiene algo más que valor protocolario. Para quien ha pasado noches preguntándose qué ocurrirá mañana, ver al jefe del Estado cerca significa bastante más que contemplar una fotografía con autoridades bien peinadas.
Ceuta y Melilla necesitan presencia, seguridad y respeto. Sus habitantes pagan impuestos, crían hijos, levantan negocios y entierran a sus mayores. No son dos fichas decorativas que Madrid pueda guardar en un cajón cuando la partida con Marruecos se pone incómoda. Son españoles con domicilio, preocupaciones y derecho a sentirse acompañados.
Sin embargo, nuestra diplomacia parece jugar al ajedrez con una singularidad: antes de mover un peón pregunta al adversario si le molesta el ruido. Rabat avanza una torre y aquí desplegamos un mantel. Rabat amenaza una casilla y nosotros proponemos una comisión para estudiar la sensibilidad del tablero. Así cualquiera desarrolla afición por las blancas.
Las demoras merecen explicaciones. No basta invocar circunstancias delicadas como quien enseña una receta médica ilegible. Si visitar una ciudad española resulta diplomáticamente complicado, alguien debería explicar por qué hemos permitido que la normalidad se convierta en una operación de riesgo. La prudencia es una virtud; arrodillada durante demasiado tiempo acaba pareciéndose a otra cosa.
Pedro Sánchez no acompañará a los Reyes. Su ausencia ofrece una imagen políticamente elocuente: cuando toca acercarse a ciudadanos enfadados, el presidente deja libre la casilla. Paiporta permanece en la memoria, con aquella retirada entre incidentes mientras los monarcas continuaban atendiendo a los vecinos. Hay fotografías que ningún gabinete consigue meter debajo de la alfombra.
La imaginación satírica hace el resto: si de Paiporta salió corriendo, de Ceuta tendría que salir nadando… hacia Marruecos. Allí quizá encontrara una recepción menos áspera y una toalla diplomática. Es una caricatura, naturalmente; pero las caricaturas políticas funcionan porque agrandan un gesto que el público reconoce.
De Mohamed VI desconocemos la reacción oficial. Si la visita le disgusta, tendrá que tragarse el disgusto. España puede mantener buenas relaciones con Marruecos sin solicitar permiso para recorrer su propia casa. La cortesía entre vecinos no obliga a entregar las llaves ni a preguntar dónde podemos colocar los muebles.
Que el Rey vaya, escuche y mire a los ciudadanos a los ojos. Que recuerde con su presencia que ninguna ciudad española es un peón sacrificable para salvar la comodidad de un despacho. Y que quienes llevan años mirando de reojo a Rabat aprendan que también existe el movimiento hacia delante.
El tablero tiene límites; la dignidad, también. Esta vez convendría respetar ambos.
Y si a Mohamed VI no le gusta, pues que le den por donde amargan los pepinos.

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