Mary Almenara
Elena se aferra al brazo fuerte y recio del hombre con el que durante tantos
años ha compartido su vida. Él apoya su mano en la de su esposa, como para
sentirla aún más cerca mientras la mira de reojo.
Andan despacio, sin prisas, por el paseo que hay cerca de la playa, parándose
a contemplar a los niños que incansables juegan en la arena. Les recuerdan a
sus hijos y los momentos de preocupación cuando cuidaban de ellos para que
no nadaran muy adentro, temiendo que se ahogaran.
Han pasado muchos años juntos, pronto cumplirán las bodas de oro el
catorce de febrero, esperan esa fecha con ilusión, para hacer de nuevo sus
votos matrimoniales, que celebrarán junto a toda la familia, pero sobre todo,
junto a sus hijos y nietos.
Mientras pasean hacen planes para la celebración y la ropa que llevaran ese
día, Elena ha pensado en un vestido rosa palo, con sandalias blancas y un
pequeño adorno en la cabeza. Mientras, su marido, se decanta por un traje
marrón y zapatos del mismo color.
Siempre que hablan de este tema acaban en una pequeña discusión al no
ponerse de acuerdo con la ropa elegida por cada uno, pero esta se cierra con
una gran carcajada, mientras él la acerca más a su costado y mirándola a los
ojos le dice, “Vayas como vayas siempre estarás preciosa” Elena lo mira
embelesada mientras le confiesa “te he amado siempre y siempre te amare
tozudo mío”.

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