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| Julio Gonzáles en radio aventura de Telde |
Por: Julio C. González Padrón
Cada 13 de febrero celebramos el Día Mundial de la Radio, una conmemoración impulsada por la UNESCO para rendir homenaje a ese invento prodigioso que, desde hace más de un siglo, es capaz de atravesar fronteras, temporales y distancias que en la mar parecen infinitas.
Desde que pioneros como Guglielmo Marconi consiguieron que la voz viajara sin derrotas trazadas sobre el agua, el mundo entendió que siempre habría un mensaje buscando puerto. Palabras y músicas navegando invisibles, esperando fondear en cualquier oído.
La radio fue alarma y esperanza, escuela y compañía. Pero quienes hemos pasado media vida entre cartas náuticas y cambios de guardia sabemos que, además, fue tripulante.
Recuerdo noches cerradas, con el radar barriendo la oscuridad y el compás marcando un rumbo obstinado mientras dejábamos atrás el Mediterráneo, cruzábamos el Atlántico o sentíamos la respiración profunda del Índico. Afuera, la mar podía venir gruesa, el viento rolar sin aviso y los chubascos dibujar cortinas sobre el horizonte. Dentro del puente, en cambio, había una luz pequeña y una voz.
La radio hablaba quedo, como hablan los marinos veteranos. Traía partes meteorológicos de costas remotas, avisos a navegantes, canciones que sonaban a puerto y a despedida. A veces, al captar la señal lejana de un faro nombrado en antena, uno casi podía imaginar su destello abriéndose paso entre la bruma, como si el mundo firme nos guiñara un ojo.
En aquellas horas en que la derrota parecía eterna y el reloj avanzaba despacio, la radio rompía el aislamiento. Convertía la inmensidad en cercanía. Recordaba que más allá de la proa existían ciudades despiertas, familias reunidas, vidas sucediendo al mismo tiempo que la nuestra.
Luego, en el camarote, con el zumbido constante de la ventilación y el golpear rítmico del agua contra el casco, volvía a encenderla. Y cada palabra era una amarra lanzada a tierra; cada melodía, el perfil imaginado de un puerto al amanecer.
No necesitábamos verla. Bastaba saber que estaba ahí.
Quizá por eso la radio sigue viva, incluso en esta era de pantallas. Porque domina el arte antiguo de acompañar. Porque entiende el lenguaje del silencio. Porque sabe navegar en la noche.
Hoy, al celebrarla, muchos recordamos que hubo travesías que habrían sido más largas, más frías y más solitarias sin su presencia discreta junto a la derrota.
A todos los que alguna vez hicieron guardia con el océano por delante y una voz amiga al otro lado del dial.
¡Qué cosas!
Fdo: Julio César Gonzales Padrón
Marino Mercante y Escritor

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