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lunes, 12 de octubre de 2026

Las vergüenzas de España


Luis Seco de Lucena

10/10/2026


Hay hechos que un país recuerda con orgullo y otros que preferiría esconder en el último cajón de la cómoda, debajo de las facturas antiguas, las fotografías comprometedoras y esas cartas que uno conserva únicamente porque no se atreve a romperlas. España también tiene su cajón de las vergüenzas. Y últimamente empieza a faltarle sitio.

Una de ellas fue la aprobación de la Ley de Amnistía. La misma amnistía que durante mucho tiempo se nos dijo que no podía ser. La que Pedro Sánchez rechazó antes de las elecciones de 2023 y terminó defendiendo después, cuando las urnas tuvieron la descortesía de no entregarle una mayoría suficiente para gobernar sin los votos de Junts. Entonces ocurrió ese prodigio tan frecuente en las decisiones de Sánchez: lo que ayer era imposible amaneció convertido en el culmen de la democracia.

Ahora llega el Tribunal Constitucional y enmienda la interpretación que había realizado el Tribunal Supremo sobre la aplicación de la amnistía al delito de malversación del procés. El Constitucional ha estimado el recurso presentado y establecido una doctrina que afecta directamente al caso de Carles Puigdemont. Como consecuencia, el magistrado Pablo Llarena ha levantado la orden nacional de detención que pesaba sobre él. La amnistía del independentista catalán aún deberá formalizarse, pero la puerta de España ya está abierta. Y Puigdemont tiene las llaves prácticamente en el bolsillo.

Llegará, por tanto, el día de su regreso.

Y será uno de esos momentos que permanecerán durante mucho tiempo en nuestra memoria avergonzada colectiva.

Porque Puigdemont no regresará para comparecer ante la Justicia, como prometía Sánchez en 2019. Regresará después de que las reglas hayan cambiado durante su ausencia. Es como si el árbitro detuviera el partido, borrara una tarjeta del acta y explicara después al público que todo se ha hecho para mejorar el ambiente en las gradas.

Pero lo verdaderamente difícil de digerir no es siquiera la amnistía. Es su origen político.

Si España hubiera afrontado esta medida después de un gran debate nacional, buscando reparar una posible injusticia reconocida o cerrar mediante un amplio consenso una herida histórica, podríamos discutirla con serenidad. Estaríamos a favor o en contra, pero existiría al menos una razón de Estado que confrontar.

No ocurrió así.

La amnistía apareció cuando siete diputados de Junts resultaron imprescindibles para una investidura. Qué casualidad tan extraordinariamente puntual. Durante años no fue necesaria para la convivencia; después de contar los escaños, se convirtió casi en una urgencia nacional.

Y ahí está la herida.

No en que el Tribunal Constitucional ejerza sus competencias, porque debe hacerlo y sus resoluciones deben respetarse. Tampoco en negar el derecho de nadie a recurrir ante los tribunales. La cuestión política es otra: cómo hemos llegado hasta aquí y por qué.

Algún día veremos a Puigdemont cruzar nuevamente la frontera española. Habrá cámaras, declaraciones, abrazos y discursos solemnes. Nos hablarán de concordia, normalización y convivencia. Palabras grandes, convenientemente planchadas para la ceremonia.

Pero debajo de esa alfombra seguirá estando la pregunta incómoda: ¿habría existido esta amnistía si Pedro Sánchez no hubiera necesitado aquellos votos para continuar en La Moncloa?

Cada cual puede responderla.

Yo tengo clara la mía.

Porque las leyes pueden borrar responsabilidades penales, los tribunales pueden corregir interpretaciones y la política puede fabricar relatos nuevos. Lo que resulta bastante más difícil es borrar la hemeroteca.

Y todavía más difícil, la memoria.

El regreso de Puigdemont podrá presentarse como el cierre de una etapa. Para otros españoles será exactamente lo contrario: el símbolo de una etapa en la que demasiadas líneas rojas terminaron convertidas en felpudos.

La dignidad institucional de un país no debería ser moneda de cambio de ninguna investidura. Cuando el poder necesita pisotearla para mantenerse en pie, el problema ya no cabe debajo de la alfombra por mucho que sigamos barriendo.


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