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| Luis Seco de Lucena |
Luis Seco de Lucena
11/10/2026
El 12 de octubre España sale a la calle, se reconoce en los colores de la bandera y recuerda que sigue teniendo motivos para levantar la cabeza. Conviene decirlo con naturalidad, como quien pronuncia el nombre de su madre: sin pedir permiso, sin bajar la voz, sin aceptar que el cariño a lo propio sea una enfermedad que deba curarse.
Este año, esa bandera tiene en Ceuta un latido especial. Allí, donde el mapa parece apretar los dientes frente al Estrecho, la españolidad se vive con una intensidad que debería sacudir nuestra comodidad en el resto del territorio nacional. Para muchos ceutíes, España significa la casa, la escuela, el trabajo, los muertos queridos y el porvenir de sus hijos. Algo bastante más serio que una consigna para adornar el balcón durante cuarenta y ocho horas.
Cuando defienden su pertenencia a España, nos están recordando una obligación elemental: una nación debe acompañar a quienes la sostienen. Ceuta merece seguridad, recursos, atención y respeto. También merece que escuchemos a sus vecinos sin convertir sus preocupaciones en munición partidista. Resulta cómodo pontificar sobre una frontera desde un despacho situado a cientos de kilómetros. Más difícil es abrir cada mañana el negocio, llevar al niño al colegio y confiar en que las instituciones estén a la altura.
La firmeza de los ceutíes reúne acentos, creencias y trayectorias distintas bajo una misma ciudadanía. Ahí hay una lección de patriotismo cotidiano: pertenecer, convivir y exigir que nadie te trate como un español de segunda. Ceuta es una mano de España tendida desde África; dejarla sola sería soltar una parte de nosotros.
Y al otro lado del océano, la Hispanidad ensancha esa pertenencia hasta convertir el Atlántico en una plaza inmensa. Nuestra lengua cruza el agua sin pasaporte, entra en una librería de Bogotá, se sienta en una sobremesa mexicana y vuelve desde Buenos Aires con palabras que aquí aprendemos a querer. El mar, que tantas veces fue abismo, es también una costura azul entre orillas.
Hubo navegantes que se hicieron a la mar con barcos pequeños y ambiciones desmesuradas. Hubo ciudades, universidades, caminos, libros y leyes; hubo asimismo violencia y heridas cuya memoria exige honestidad. La historia adulta permite reconocerlo todo. Precisamente por eso, celebrar España puede ser un acto sereno y orgulloso: sabemos que nuestra herencia contiene contradicciones, pero también una extraordinaria capacidad de crear vínculos que sobrevivieron a las coronas.
Pienso en quienes hoy sirven lejos de casa, en las familias que esperan, en los ceutíes que afirman su españolidad y en cualquier muchacho americano que descubre a Cervantes como si le hablara un vecino. Todos alimentan ese fuego compartido.
El 12 de octubre celebremos con alegría y con responsabilidad. Que la bandera nos comprometa tanto como nos emociona. Porque hay grandeza en la historia de España y grandeza en aquel imperio que atravesó los océanos; su legado más vivo sigue hablando, escribiendo y soñando a ambos lados del mar, con millones de voces que aún se reconocen.

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