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sábado, 3 de octubre de 2026

El gran negocio de las renovables: cuando la transición energética devora el campo ​Por Joaquín Santana



Artículo de opinión

Nos vendieron la transición ecológica con promesas de sostenibilidad, un planeta más limpio y, sobre todo, un alivio para el bolsillo de los ciudadanos. Placas solares y molinos de viento irrumpieron en nuestro paisaje bajo el discurso de que la energía limpia serviría para democratizar y abaratar la factura eléctrica. Sin embargo, la realidad diaria contradice el relato oficial: la electricidad se sigue pagando a precio de oro mientras el modelo de implantación de estas tecnologías revela su verdadera naturaleza: un negocio millonario diseñado para unos pocos a costa de la mayoría.

​El impacto de esta paradoja es alarmante. Lo que sobre el papel se presentaba como una solución ecológica se ha convertido en una carrera por la ocupación del suelo. Miles de hectáreas de suelo féil y terrenos de cultivo están siendo absorbidos por megaparques fotovoltaicos y campos eólicos. Esta situación se vive con especial gravedad en territorios insulares y vulnerables como Gran Canaria, aunque el patrón se repite en infinidad de zonas rurales en todo el mundo. La agricultura tradicional, garante de la soberanía alimentaria y pilar cultural de muchas regiones, está siendo desplazada para ceder espacio al hormigón, el silicio y el acero.



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Desde la lógica del interés público, el modelo carece de sentido. No resulta razonable destruir la producción agrícola local para instalar infraestructuras que no se traducen en una bajada real y sustancial del coste de la vida para el consumidor final. Sin embargo, desde la perspectiva empresarial, la operación es redonda. Las grandes corporaciones energéticas e inversores privados han encontrado en la ocupación de terrenos agrícolas una vía de alta rentabilidad y bajo coste: se paga una miseria por el alquiler o la compra de tierras a agricultores acorralados por la falta de ayudas, para luego comercializar la energía generada a precios de mercado desorbitados.

​La transición energética no puede consolidarse mediante la desposesión del sector primario ni a costa de encarecer los suministros básicos de la población. Cuando la implantación de renovables destruye la huerta local, encarece el recibo de la luz y concentra los beneficios en pocas manos, deja de ser una solución ecológica para convertirse, sencillamente, en un mercado especulativo más. Es urgente reevaluar la ordenación del territorio y priorizar el autoconsumo, la instalación en cubiertas e infraestructuras ya existentes, protegiendo el suelo agrícola antes de que el campo se quede sin agricultores y la factura sin freno.

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