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| La historía siempre estará hay |
historia creada por Joaquín Santana.
El acero del Maria del Mar que asi se llamaba el navío crujió cuando una ola de seis metros impactó contra estribor, levantando una cortina de espuma blanca que cegó por completo a la tripulación. Desde Las Palmas habían zarpado con un pronóstico decente, pero el océano no respeta partes meteorológicos. Ahora, bajo un cielo de plomo que parecía colapsar sobre sus cabezas, la supervivencia dependía de un hilo.
Manuel se aferró a la barandilla con las manos entumecidas dentro de sus guantes mojados. Su chubasquero naranja, aunque brillante, parecía una burla frente a la inmensidad gris y violenta que los rodeaba. A pocos metros, sus compañeros batallaban contra los aparejos sueltos. En ese barco, un cabo suelto bajo la tormenta no era un descuido; era un arma mortal capaz de romper una pierna o arrastrar a un hombre al abismo en un parpadeo.
"¡Aseguren la banda! ¡Nadie se suelte!", gritó el patrón desde la cabina, aunque su voz fue devorada instantáneamente por el rugido del viento.
El barco se inclinó a un ángulo imposible. Por un segundo, el tiempo se detuvo. La cubierta se convirtió en una rampa resbaladiza hacia una muerte segura por hipotermia. En el mar, caer por la borda en medio de un temporal es una sentencia de muerte definitiva; buscar a un hombre entre semejante oleaje es buscar una aguja en un pajar en movimiento.
Con el agua golpeándoles las rodillas y el motor rugiendo al límite para no permitir que el barco se cruzara a la ola —lo que provocaría un vuelco inevitable—, los pescadores del Maria del Mar continuaron amarrando la carga. No había espacio para el pánico, solo para el instinto. Sabían perfectamente que la línea entre regresar a casa con el sustento para sus familias o convertirse en una estadística más del océano era tan delgada como el casco de madera y metal que los sostenía.

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