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viernes, 17 de abril de 2026

¿DÓNDE SE LES APAGÓ EL FAROL DE LA EDUCACIÓN A LOS POLÍTICOS?

 

Julio dando clase a unos políticos.


Por: Julio César González Padrón

En Canarias existe una expresión tan gráfica como certera: “¡Oiga, cristiano! ¿Dónde fue que se le apagó el farol?”. Se utiliza para señalar, con ironía, a quien llega tarde, desorientado o con una conducta poco considerada hacia los demás. Hoy, sin embargo, esa pregunta parece haber trascendido lo cotidiano para instalarse en un escenario mucho más amplio y preocupante; prosperando la mala educación y falta de urbanidad en la mayor parte de los políticos contemporáneos.

Algo ha cambiado —y no para bien— en la forma en que los representantes públicos se relacionan entre sí y con la ciudadanía. La cortesía, el respeto institucional y la mínima urbanidad que antaño eran inherentes al ejercicio político, parecen haber sido relegados a un segundo plano. En su lugar, asistimos a una escalada de gestos airados, descalificaciones personales y espectáculos impropios de quienes ostentan responsabilidades públicas y deberían dar ejemplo de educación y moderación.

No se trata de casos aislados ni de una cuestión circunscrita a un país concreto o un gobernare en particular, pues por desgracia en distintos rincones del mundo, líderes políticos, como Donal Trump, Milei, etc. han adoptado un tono dialectico cada vez más agresivo, haciendo del insulto o la burla una herramienta de comunicación .Este estilo, lejos de ser anecdótico, parece responder a una estrategia deliberada o lo que es lo mismo, captar atención, polarizar a la sociedad y reforzar identidades políticas a través de la confrontación constante y al precio que sea.

El problema no es únicamente estético o de formas, pues la degradación del lenguaje político tiene consecuencias profundas. Cuando el respeto desaparece del debate público, se erosiona la confianza en las instituciones. Cuando los líderes normalizan el desprecio hacia el adversario, legitiman que esa misma actitud se reproduzca en la sociedad. Y cuando la política se convierte en un espectáculo de enfrentamiento, falta de educación, respeto permanente de absoluta chabacanería, pierde su esencia como herramienta de diálogo y construcción colectiva.

En España, como en otros países, hemos visto recientemente escenas que hace no tanto tiempo habrían resultado impensables: interrupciones airadas en el Parlamento, abandonos de escaños en señal de protesta teatral y enfrentamientos directos que rozan lo personal más que lo ideológico. Estos episodios, amplificados por los medios y las redes sociales, no hacen sino consolidar una percepción de crispación constante.

Cabe preguntarse entonces: ¿Es esta “nueva política” realmente nueva, o simplemente una adaptación a los tiempos actuales, donde la inmediatez y la viralidad priman sobre la reflexión? Las redes sociales han jugado un papel determinante en este cambio. El mensaje breve, contundente y polémico tiene más recorrido que el argumento elaborado. Y en ese contexto, la tentación de recurrir al exabrupto resulta casi inevitable para quienes buscan visibilidad.

Sin embargo, aceptar esta deriva como algo inevitable sería un error. La política, ni los políticos no puede ni debe renunciar a la educación, al respeto, ni a la altura institucional. No se trata de eliminar el conflicto —que es inherente a cualquier sistema democrático—, sino de encauzarlo de manera constructiva, porque discrepar no es ni mucho menos el faltar al respeto y debatir no es insultar.

Recuperar ese “farol” del que habla la expresión canaria, implica un compromiso colectivo de los políticos en primer lugar, que deben ser conscientes del ejemplo que proyectan. Pero también de los ciudadanos, que tienen la responsabilidad de exigir un nivel de comportamiento acorde con la importancia de los cargos que se ocupan.

Porque, al final, la pregunta sigue en el aire: ¿En qué momento se apagó la luz que guiaba la educación y la convivencia política? Y, sobre todo, ¿Estamos dispuestos a volver a encenderlo?

Ahí dejo la pregunta, especialmente para los que ejercen la política actualmente, porque lo primero que tienen que proponerse antes de comenzar a ejercerla, es repasar las reglas de educación y urbanidad, porque para lo otro ya tenemos al “rubio pistolero del lejano oeste americano” que ya hasta se compara con el mismo Jesucristo, que de pequeño hacia bolillos en las clases de urbanidad y educación y en su casa…¿Qué se puede esperar de una familia típica  americana yanque, que lo único que les importa es el ganar dinero y comer perritos calientes y hamburguesas? 

¡Qué cosas!


Fdo: Julio César González Padrón

Marino Mercante y escritor

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