| ¿Como se llama cuándo nos invaden? |
Luis Seco de Lucena
31/07/2026
Artículo de opiniónHay palabras que incomodan tanto, que a menudo preferimos esconderlas detrás de un biombo de expresiones neutras para que la realidad parezca menos áspera. Cuando se produce una entrada masiva e irregular de decenas de miles de personas en un territorio español, la primera discusión ya no gira en torno a lo sucedido, sino sobre cómo debemos llamarlo. ¿Es una invasión? ¿Es una crisis migratoria? ¿Es una presión fronteriza? ¿O basta con inventar un nuevo eufemismo para que el problema deje de existir?
Las palabras importan porque describen la realidad, pero nunca deberían servir para maquillarla. Si el debate se limita a la semántica, habremos perdido un tiempo precioso mientras otros juegan una partida mucho más seria.
Resulta ingenuo pensar que una avalancha de semejante magnitud pueda improvisarse de un día para otro. La logística, la coordinación, la movilización de miles de personas y la elección del momento responden a algo más complejo que una simple casualidad. Cuando una frontera deja de ser una frontera durante unas horas, alguien ha decidido que así sea. Y esa es la cuestión verdaderamente importante.
Porque el protagonista no es únicamente quien cruza la frontera, sino quien permite, facilita o utiliza ese movimiento como instrumento de presión política. En geopolítica casi nada ocurre por accidente.
Marruecos lleva años demostrando que entiende la inmigración como un elemento de negociación internacional. La abre o la cierra según convenga a sus intereses diplomáticos. No hace falta disparar un solo tiro cuando se puede convertir una frontera en una palanca política. Es una estrategia mucho más silenciosa y, precisamente por ello, más eficaz.
La pregunta incómoda es otra. ¿Cuál es el verdadero objetivo del rey Mohamed VI?
No hablamos únicamente de gestionar la emigración de sus ciudadanos. Hablamos de una estrategia regional en la que el peso político de Marruecos aumenta mientras Europa parece instalada en la permanente reacción. Ceuta, Melilla, las aguas canarias, el Sáhara Occidental o las delimitaciones marítimas forman parte de un tablero donde cada movimiento tiene consecuencias.
España no puede permitirse contemplar ese tablero como si fuese un simple espectador.
Desde Canarias, esta reflexión adquiere una dimensión distinta. Las islas no son un rincón apartado del mapa. Son una frontera europea en mitad del Atlántico y una pieza estratégica de primer orden. Quien crea que lo ocurrido en Ceuta no guarda relación alguna con el archipiélago quizá olvida que la distancia geográfica nunca ha impedido que las decisiones políticas crucen el mar.
Canarias ya conoce la presión migratoria. La ha visto llegar en cayucos, la ha gestionado con recursos limitados y ha soportado demasiadas veces la sensación de afrontar sola un problema que afecta a toda España y a toda Europa. Por eso conviene preguntarse si estamos aprendiendo algo o simplemente esperamos la siguiente crisis.
Las fronteras son como los diques de un puerto. No se construyen porque desconfiemos del mar, sino porque conocemos su fuerza cuando cambia el viento. Ignorar las señales nunca ha evitado una tormenta.
Sería un error convertir cualquier inmigrante en un enemigo. La inmensa mayoría de quienes emprenden esos viajes buscan una vida mejor y merecen un trato digno, conforme al Derecho y a los principios humanitarios que definen a una democracia. Pero una cosa es proteger la dignidad de las personas y otra muy distinta renunciar al control de las fronteras o cerrar los ojos ante quienes instrumentalizan esos flujos con fines políticos. Humanidad y firmeza no son conceptos incompatibles.
Lo verdaderamente peligroso es instalarse en la indiferencia. Cuando un país deja de tomarse en serio la defensa de sus fronteras, otros terminan tomándose muy en serio la oportunidad de ponerlas a prueba.
España necesita una política de Estado que supere el corto plazo, los titulares y los intereses partidistas. Una política que combine cooperación internacional, control efectivo de las fronteras, solidaridad con quienes realmente necesitan protección y una lectura realista de los desafíos estratégicos que plantea nuestro entorno.
Porque las naciones rara vez pierden terreno de golpe. Normalmente comienzan cediendo en el lenguaje, continúan restando importancia a las advertencias y terminan descubriendo que la realidad nunca entendió de eufemismos.
Debemos tomarnos en serio la recurrente entrada irregular de ciudadanos marroquíes. No desde el miedo ni desde el rechazo indiscriminado, sino desde la responsabilidad de un Estado que tiene el deber de proteger sus fronteras, garantizar el cumplimiento de la ley y anticiparse a los riesgos antes de que la historia vuelva a llamar a la puerta.
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