domingo, 30 de agosto de 2026

Imaginad que fuera Telde

DON LUIS SECO DE LUCENA

Luis Seco de Lucena

30/08/2026


Hagamos un ejercicio bastante sencillo. No requiere estadísticas, mapas ni tertulianos discutiendo a gritos alrededor de una mesa. Tampoco hace falta pertenecer a ningún partido político ni haber descubierto de repente una vocación de estratega de fronteras. Basta con algo mucho más difícil en estos tiempos: ponerse durante unos minutos en el lugar del otro.

Cerrad los ojos e imaginad Ceuta.

Imaginad una ciudad que se despierta mirando al mar y que, de pronto, descubre que el mar ya no es solamente paisaje. Se ha convertido en frontera, en incertidumbre, en una puerta que alguien parece haber dejado entreabierta mientras quienes tenían la obligación de vigilarla discuten sobre cómo debemos llamar exactamente a lo que está ocurriendo.

Visualizad las imágenes de varios miles de personas intentando entrar irregularmente en territorio español: unas por tierra, otras bordeando espigones, otras arrojándose al agua con la desesperación convertida en salvavidas. Pensad también en quienes viven al otro lado de esas imágenes, porque Ceuta no es un decorado fronterizo ni una ficha sobre un tablero diplomático. Ceuta tiene vecinos, comerciantes, policías, trabajadores, ancianos, adolescentes que regresan del instituto y padres que quieren saber que sus hijos pueden caminar tranquilos por la calle.

Pensad en el miedo. No en el miedo fabricado para conseguir votos ni en el que se utiliza para rellenar minutos de televisión. Hablo del miedo cotidiano, mucho menos espectacular y bastante más humano: el de cerrar antes un negocio, el de mirar dos veces hacia la calle antes de salir, el de escuchar un ruido durante la noche y preguntarse qué está pasando. El de descubrir que la normalidad, esa cosa aburrida que solo apreciamos cuando desaparece, empieza a resquebrajarse.

Imaginad unas playas que dejan de ser únicamente playas y se convierten en espacios públicos sometidos a una presión extraordinaria; unos servicios públicos desbordados; unas fuerzas de seguridad obligadas a contener una situación que amenaza con superarlas. Y, mezclados en mitad de todo aquello, seres humanos que han llegado irregularmente, algunos empujados por la necesidad, otros por la esperanza, quizá muchos engañados por quienes han descubierto que la desesperación también puede convertirse en instrumento político.

Porque una frontera puede utilizarse como una llave. Y también como un arma.

Ahora abrid los ojos.

Estamos en Telde.

Sí, lo sé, no es Telde. Es Ceuta. Pero permitidme continuar con la ficción.

Imaginad que aquella playa que aparece en las imágenes no está junto al Tarajal. Imaginad que es Melenara. Que las siluetas que distinguimos en el agua aparecen frente al paseo marítimo por el que ayer caminábamos tranquilamente. Que las noticias hablan de La Garita. Que los vecinos llaman a sus familiares, las terrazas empiezan a vaciarse, alguien baja la persiana antes de tiempo y otro decide que hoy los niños no salgan solos.

Entonces cambia la perspectiva.

Curioso mecanismo el de la distancia: convierte las tragedias ajenas en conceptos. «Presión migratoria». «Crisis fronteriza». «Flujos irregulares». «Incidente diplomático». Palabras impecables, cuidadosamente planchadas, que caben estupendamente en un comunicado oficial.

Pero cambiad Ceuta por Telde. Cambiad el Tarajal por Melenara y comprobad cuánto tardan los conceptos en recuperar el pulso.

Porque entonces ya no hablamos de geopolítica. Hablamos de nuestra calle, de nuestra playa, del comercio donde compramos el pan, de nuestros hijos, de nuestros mayores. De esa pequeña parcela de normalidad que damos por garantizada hasta que alguien demuestra que ninguna normalidad viene con garantía de fábrica.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿quién lleva el timón?

España parece padecer desde hace demasiado tiempo una curiosa alergia a determinadas palabras. Creemos que, modificando el vocabulario, podemos domesticar los problemas, como si cambiar el nombre de la tormenta consiguiera disminuir la altura de las olas.

No funciona.

Un Estado puede y debe ser solidario. Puede rescatar a quien se está ahogando, atender al vulnerable, proteger al menor y respetar escrupulosamente la dignidad humana. No solo puede hacerlo: debe hacerlo. Pero un Estado también tiene fronteras. Y las fronteras, si pretenden seguir siendo fronteras, han de controlarse.

Ambas ideas no son incompatibles, salvo para quienes han decidido convertir cualquier cuestión compleja en una pelea de consignas. Se puede defender la dignidad del migrante y, al mismo tiempo, exigir que la entrada en España se produzca conforme a la ley. Se puede tener corazón sin entregar las llaves de casa. Se puede practicar la solidaridad sin confundirla con la ausencia de autoridad.

Lo verdaderamente preocupante comienza cuando quienes gobiernan parecen más preocupados por encontrar el sustantivo adecuado que por sujetar el timón. Porque, cuando llega la tormenta, no necesitamos un seminario sobre meteorología. Necesitamos un capitán, unas manos firmes y una dirección.

Y la firmeza no consiste en gritar más fuerte ni en convertir al extranjero en enemigo. Eso es demasiado fácil y, además, profundamente injusto. La firmeza consiste en que el Estado se comporte como Estado: anticiparse, controlar sus fronteras, disponer de medios suficientes, combatir las redes que trafican con personas, cooperar con los países de origen, aplicar la legislación y, si es necesario, modificarla para proteger a la población que vive en los territorios sometidos a mayor presión.

Ceuta conoce demasiado bien lo que significa vivir pendiente del otro lado de una verja. Canarias también sabe algo de mirar hacia el horizonte y preguntarse qué viene detrás de la siguiente patera o cayuco.

Quizá por eso convendría que, desde lugares como Telde, dejáramos de contemplar Ceuta como una fotografía lejana. Las fronteras españolas no terminan donde acaba nuestra vista. Ceuta también es España. Sus habitantes tienen exactamente el mismo derecho a sentirse protegidos que quienes pasean por San Juan, compran en San Gregorio o toman café frente al mar en Melenara.

Cerrad otra vez los ojos e imaginad durante unos segundos que ocurre aquí. Que la playa es la nuestra. Que la calle es la nuestra. Que quien mira preocupado desde una ventana podría ser nuestro padre. Que los niños que permanecen en casa podrían ser nuestros hijos.

Ahora abridlos.

No. No es Telde. Es Ceuta.

Y quizá el problema empiece precisamente ahí: en que necesitamos imaginar que nos ocurre a nosotros para comprender lo que significa cuando les ocurre a ellos.

Un país no demuestra su humanidad renunciando a gobernarse. Tampoco demuestra su fortaleza renunciando a la humanidad. Entre ambos extremos existe una palabra antigua, poco espectacular y bastante necesaria: responsabilidad.

Porque los barcos rara vez se hunden por culpa de una sola ola. A veces se hunden porque, cuando llegó la tormenta, todos discutían sobre el nombre del viento mientras nadie sujetaba el timón.


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