jueves, 9 de abril de 2026

Casualidad puntual o provocación deliberada

 

Don Julio, con la verdad por delante



Por: Julio César González Padrón

Artículo de opinión

Vaya por delante que quien suscribe, es solo un humilde viejo lobo de mar, maúro de Telde por nacimiento y vocación, y que, por descontado ni asomo, se trata de un clásico progre fumado de izquierda, animalistas de boquilla y manifestaciones con pancarta reivindicativas y portando una camiseta con la esfinge del “Che”, aunque tampoco lo contrario; que antes que nada quiere dejar constancia y debe confesar que, lo que es hablar de “cuernos, es algo que le chirría en el intelecto. Jajajajaaja. 

Ahora bien, sobre la reciente publicación de una fotografía del rey emérito Juan Carlos I, rodeado de un nutrido grupo de toreros ataviados con sus trajes de luces y que ha reavivado un debate que trasciende lo meramente anecdótico, pienso:

 La imagen, aparentemente informal o fruto de una coincidencia, adquiere inevitablemente una dimensión simbólica, al situarse en el contexto actual de la sociedad española y su cambiante relación con la tauromaquia.

 En Canarias no tenemos ese problema porque están prohibidas por el propio gobierno autonómico las corridas de toros desde 1991, que incluyó esa llamada “fiesta nacional”, dentro de la Ley 8/1991 y, dicho sea de paso, fue la primera comunidad autónoma española en hacerlo. ¡Toma ya! Y así mismo y como curiosidad histórica, también hay que decir que en el Archipiélago no se celebran corridas de toro desde 1984, pero no porque los canarios fuéramos animalista “progre de izquierdas, buenos, buenísimos” y no queríamos ver sufrir al cuadrúpedo animalito con cuernos, sino porque resultaba muy caro el traslado de reses bravas a las Islas. 

 Pero volviendo al caso que nos ocupa he intentado como siempre ser objetivo, conviene, en primer lugar, alejarse de interpretaciones precipitadas; pues no es ningún secreto que, la figura del rey emérito ha mantenido históricamente una cercanía con el mundo taurino y el de los cuernos, considerado durante décadas una de las expresiones culturales más arraigadas en España; a la taurina me refiero, porque a la otra, solo… “se le supone” 

 Desde esta perspectiva, la fotografía podría interpretarse como una simple prolongación de afinidades personales, sin mayor intención que la de reflejar un encuentro privado o una ocasión social concreta.

Sin embargo, el momento en que dicha imagen ve la luz, pienso que no es menor. España atraviesa desde hace años un proceso de revisión crítica de muchas de sus tradiciones, entre ellas las corridas de toros. Diversas encuestas y movimientos sociales evidencian un creciente distanciamiento, especialmente entre las generaciones más jóvenes y progres y de izquierdas, hacia este espectáculo y sin necesidad de adoptar posturas extremas, resulta innegable que la tauromaquia ha dejado de ser un elemento de consenso cultural.

Es precisamente en este contexto donde la fotografía cobra relevancia pública.                     La Corona, incluso en la figura del rey emérito, sigue siendo percibida por amplios sectores de la sociedad española, como una institución que, de algún modo, representa al conjunto de la ciudadanía; por ello, cualquier gesto, ya sea voluntario o no, puede interpretarse como una toma de posición, aunque no lo sea en el sentido estricto.

¿Estamos, entonces, ante una provocación deliberada? 

No existen indicios claros que permitan sostener tal afirmación. La hipótesis de la intencionalidad requeriría asumir una voluntad explícita de intervenir en el debate social, algo que no parece coherente con el perfil discreto que ha caracterizado las apariciones públicas recientes del rey emérito.

Más plausible resulta pensar en una desconexión —quizá involuntaria— entre ciertos códigos tradicionales y la sensibilidad actual de una parte significativa de la sociedad. Lo que en otro tiempo habría pasado desapercibido o incluso habría sido celebrado, hoy puede generar incomodidad o controversia.

En definitiva, la fotografía se sitúa en una zona ambigua entre lo casual y lo simbólico. No parece responder a una estrategia de provocación, pero tampoco puede desligarse del contexto en el que se produce y se difunde.

 Tal vez la cuestión de fondo no sea tanto la intención del gesto, sino la lectura que de él hace una sociedad plural como la nuestra, en transformación continua y cada vez más consciente de los mensajes implícitos en los actos públicos.

Así, más que una polémica puntual, el episodio invita a reflexionar sobre el delicado equilibrio que deben mantener las instituciones —y quienes las han representado— entre sus afinidades personales y la diversidad de sensibilidades de la ciudadanía a la que, de una forma u otra, aunque no paguen impuestos, siguen vinculados.

Y volviendo a la inoportunidad o no de la dichosa foto, te contesto como un maúro de Telde que soy… ¿Qué quiere que le diga cristiano? Yo sigo pensando lo mismo; que estas cosas, no se pueden hacer de ahora para dispues; Así que, la próxima vez, afíleme bien el lápiz y esparrame mejor la vista compadre, qué ahí más allá… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!


Fdo: Julio César González Padrón

Marino Mercante y escritor


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